Fotógrafo de AFP cuenta testimonio desde Costa Rica “Días sin saber qué sería de mí”

Aún se pregunta por qué los días de confinamiento solitario por intentar tomar una foto de una reunión del Presidente

Redacción Confidencial | 12/5/2013
Foto: Otras de las imágenes que circula en las redes sociales del fotógrafo Héctor Retamal, vejado por el gobierno nicaragüense.

El fotoperiodista chileno, Héctor Retamal, relató a la Agencia Francesa de Prensa (AFP) que aún se sigue preguntando cuál fue la razón de los días de confinamiento solitario que le impusieron las autoridades nicaragüenses cuando únicamente lo que intentó fue tomar fotografías de una reunión del Presidente Daniel Ortega.

“Estoy feliz de estar libre”, dijo. Rematal ofreció sus primeras declaraciones a AFP cuando llegó a Costa Rica, país al que fue enviado el sábado a las 4:20 de la tarde, porque supuestamente había violado la ley de migración nicaragüense según explicaron al cónsul de su país, Diego Rivera.

En realidad, Retamal fue detenido desde el martes pasado en las inmediaciones de la residencia del mandatario, donde el jefe de Estado se reunía con el canciller de Palestina. Después lo mandaron a la Dirección de Auxilio Judicial (DAJ) en Managua.

“Esto ha sido muy difícil, días de ansiedad, sin saber qué sería de mí”, lamentó el fotoperiodista. “No entiendo por qué tenía tantos días en confinamiento solitario por tratar de tomar fotos de una reunión del Presidente”, dijo el fotoperiodista en las únicas declaraciones que se conocen hasta ahora.

“Evidente violación de derechos humanos”

Organismos de derechos humanos señalaron la ilegalidad de la detención, tomando en cuenta que el sistema legal nicaragüense establece que debió ser presentado ante un juez a más tardar 48 horas desde su detención, de lo contrario debió ser puesto en libertad.

La doctora Vilma Núñez de Escorcia, presidente del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos(Cenidh), calificó la actuación de la Policía como un secuestro y dijo que era una evidente violación a los derechos humanos del profesional.

Núñez además explicó que autoridades diplomáticas, que conocieron el caso del reportero, fueron informadas de que la verdadera razón de la detención era que el fotoperiodista había violado el perímetro de seguridad de la residencia del mandatario.

Hasta ahora ni la Policía, ni las autoridades de Migración y Extranjería, han ofrecido alguna explicación pública sobre los motivos del encierro y de la deportación.

Colegas periodistas pidieron su libertad inmediata desde el sábado cuando se divulgó la detención.

El jefe de AFP para Centroamérica viajó al país y demandó también la libertad del colega. La agencia explicó que su trabajador no tuvo acceso a un abogado y que tampoco fueron recibidos por la Policía Nacional. El Cenidh consideró la expulsión de Retamal como una escalada peligrosa contra la libertad de expresión en un país donde los periodistas sortean distintos obstáculos para obtener información pública.

Fotógrafo amputado alienta a víctimas de Boston Read more here: http://www.elnuevoherald.com/2013/04/23/1460690_p4/fotografo-amputado-alienta-a-victimas.html#storylink=cpy

Tuve el placer y honor de compartir la Primera asignación de Emilio luego de su recuperación, fue en Haití en las Elecciones, cubrimos buenas historias sobre el cólera y las elecciones y pasamos un momento muy intenso rodeados de unos 400 Haitianos que querían lincharnos, gracias a Dios lo puedo contar, un honor trabajar con Emilio, les dejo su nota.

Por EMILIO MORENATTI
Associated Press

BARCELONA, España — En aquellos horribles momentos justo después de la explosión de Boston, mientras el humo de la deflagración cubría aun a las víctimas, pude imaginar la mente de aquellas personas que quedaron mutiladas para siempre.

Están a la vez conscientes e inconscientes. Desean gritar pero no pueden hacerlo. Desean despertar de una pesadilla, pero están despiertos.

Abrumado por una sensación de algo que ya he vivido antes, siento que mi pasado converge con el futuro de esos espectadores heridos.

Perdí una pierna por la explosión de una bomba. Conozco bien que significa comenzar bien un día y terminarlo con una amputación, la nebulosa de la morfina tras la operación, los meses de la dolorosa rehabilitación.

Conozco bien el sufrimiento que le espera a esa gente de Boston, pero también conozco las posibilidades que tienen por delante.

La vida de aquellos que perdieron alguna extremidad en el Maraton de Boston el lunes 15 de Abril de 2013 cambiara inevitablemente para siempre.

La mía cambió el martes 11 de agosto del 2009. Llevaba dos semanas cubriendo la guerra incorporado con los militares estadounidenses en el sur de Afganistán como fotógrafo de la Associated Press, y ocurrió justo en mi último día de patrulla antes de regresar a casa. Había sido un día largo patrullando el desierto de la provincia de Kandahar, me sentía agotado y somnoliento cuando el vehículo en el que viajaba, un Stryker blindado de ocho ruedas, fue sacudido por la tremenda explosión de una bomba que me dejó inconsciente.

Cuando recobré el conocimiento y traté de levantarme de entre la chatarra de aquel blindado, mi pie izquierdo colgaba de unos cuantos tendones. Sentí un dolor brutal, como una descarga eléctrica que comenzaba desde mi pierna y recorría el resto de mi cuerpo. Caí de nuevo al suelo del vehículo que había quedado volcado, pensé en mi esposa y luché por mantenerme vivo.

Finalmente un soldado me ató un torniquete en el muslo para cortar la hemorragia.

En mis años como reportero gráfico, he tomado fotos de soldados heridos, de víctimas civiles en explosiones provocadas por ataques suicidas y evacuaciones médicas en pleno conflicto en lugares como Afganistán, Pakistán y en Oriente Medio, sin embargo esta vez era yo el herido rescatado de aquel infierno y trasladado junto a otros soldados junto al camarografo del APTN, Andi Jatmiko.

Me subieron a un helicóptero junto a un soldado que había perdido las dos piernas y mientras el helicóptero despegaba nos cogimos fuertemente las manos. La solidaridad de ese instante es lo último que recuerdo antes de despertarme en un hospital de campaña y descubrir que me habían amputado la pierna izquierda. No había otra opción me dijeron los médicos. El hueso y los tejidos habían quedado destrozados por la metralla aunque afortunadamente mi rodilla estaba intacta, eso marcaría una diferencia de movilidad sustancial.

Dolorido y cansado, tumbado en una cama de hospital de campaña apenas encontraba consuelo. Tenía tantas preguntas sobre cómo sería mi vida a partir de ahora que preferí dormir en vez de pensar en lo incierto de mi futuro.

La diferencia entre aquéllos que perdieron alguna extremidad en Boston y yo, es que yo conocía el riesgo que corría en una zona de guerra y lo asumí voluntariamente, mientras que aquellas personas disfrutaban de un día de fiesta animando a sus amigos y parientes en un evento deportivo familiar.

Ellos no debían estar expuestos a peligro alguno.

Como fotógrafo he intentado siempre documentar las calamidades de la vida diaria de los civiles bajo el fuego y los soldados en el frente de combate y hasta el día que resulté herido me consideraba casi inmortal. Apenas nada me había sucedido en docenas de patrullas previas incorporado con los militares en terrenos hostiles. Y aunque sabía que estaba jugando a una especie de ruleta rusa, me decía a mí mismo que todos los días hay accidentes automovilísticos y la mayoría de las personas no dejan de conducir debido a eso.

Durante meses, después de la explosión, me torturaba con preguntas para las que no tenía respuesta. ¿Qué habría pasado si en lugar de salir con la patrulla me hubiera quedado a hacer las maletas en la base? ¿Y si me hubiera sentado un poco más a la derecha? ¿A la izquierda, tal vez? Quizá la metralla no habría alcanzado mi pierna o, a lo mejor, habría perdido las dos piernas, como le pasó al marine que viajaba a mi lado.

Imagino que las víctimas de Boston, cuyos cuerpos quedaron mutilados por la metralla y los clavos, tienen pensamientos similares: ¿Por qué no paré de correr en la milla 25, fui por agua, tomé antes la salida o, simplemente, me quedé en casa? Quiero decirles que esos interrogantes se van desvaneciendo conforme se comienza a aceptar la realidad de perder una extremidad.

La morfina que me daban para aliviar el dolor de la amputación me dejaba sin fuerza. Quería que me retiraran el tratamiento lo antes posible. Dedicar toda mi energía a la recuperación y poder caminar. Soy ciudadano español, no estadounidense, y tuve suerte de que la AP obrara milagros burocráticos para ser admitido en el Centro Médico Nacional Walter Reed, uno de los mejores hospitales de rehabilitación del mundo.

En Afganistán había visitado el centro de rehabilitación de la Cruz Roja en Kabul, que estaba considerado como uno los mejores del país. El hospital era de los pocos que ofrecía prótesis a los pacientes, entre ellos niños, que habían sido víctimas de minas olvidadas en áreas rurales.

Sería un disparate comparar el Walter Reed con el centro de la Cruz Roja en Kabul. Sería como comparar el día y la noche. Sin embargo, nunca dejé de pensar en aquellos pacientes afganos y su coraje a la hora de afrontar el proceso de rehabilitación en un lugar que no resistiría un solo control sanitario en cualquier país occidental.

Entonces, me di cuenta de la suerte que tenía de estar en el Walter Reed y de cómo ese lugar de nacimiento que ninguno elegimos puede determinar el destino de las personas.

Tenía 40 años, era ágil y me encontraba en buena forma física, porque hacía ejercicio regularmente y por mi trabajo como fotógrafo en terrenos escarpados y de difícil acceso. Incluso solía correr en Kabul, la capital afgana, cuando vivía ahí. Así que un mes después de la explosión, me entregué en cuerpo y alma a la rehabilitación. Aunque las heridas seguían frescas, me coloqué la prótesis y empecé dar mis primeros pasos.
Pero en absoluto estaba preparado para las dificultades.

Me llevó un tremendo esfuerzo aprender a caminar de nuevo. La práctica era esencial, pero el ejercicio abría mis cicatrices y levantaba dolorosas ampollas en la parte en que la prótesis se unía con mi pierna debido al rozamiento.

Estaba frustrado. Me sentía inútil e invalido los días en los que no podía hacer ejercicio, a la espera de que mis ampollas reventaran y se secaran. Entonces podía colocarme la prótesis de nuevo y esforzarme al límite hasta que la piel volviera a romperse.

En las primeras semanas, sólo podía dar unos cuantos pasos. Me costaba más de una hora caminar 1.600 metros (una milla). Hacía bicicleta estática, corría en la cinta de gimnasio y levantaba pesas. Mes a mes, aumenté mi velocidad, hasta que finalmente pude caminar unos 4 kilómetros (2 millas y media) desde mi casa alquilada hasta el hospital en 25 minutos.

Si los heridos de Boston me preguntaran qué fue lo más difícil, si la recuperación física o la psicológica, les diría que van de la mano.

En un primer momento, pensé que sería suficiente recuperarse físicamente. Que volver a caminar y trabajar, produciría una lógica recuperación psicológica.

Estaba equivocado.

La fortaleza de los soldados heridos en el Walter Reed me ayudó considerablemente. Aunque muchas de su heridas eran peores que las mías, nunca les escuché quejarse de dolor o sentir lástima de sí mismos.

Sólo había perdido la parte inferior de mi pierna izquierda y llegué a comprender la importante línea que me separaba de los que perdieron la pierna completa, ambas piernas o sufrieron amputaciones de piernas y brazos. Compartíamos nuestras experiencias diarias y nuestras dificultades, a menudo con buen sentido del humor. Recuerdo una vez un soldado que había perdido ambos brazos y las dos piernas me llamó en inglés “papercut” (en español significa pequeño corte en un dedo producido por una hoja de papel) yo automáticamente le devolví la broma llamandole “tronco”, luego ambos nos reímos.

De mi amigo Carlos Lazaro, que perdió su pierna en la infancia, también aprendí la diferencia que existe entre perder una pierna y que te falte una pierna. Cuando te falta una pierna se puede reemplazar por una prótesis, pero la pérdida eso sí es irreparable. Si no se hace frente a la sensación de pérdida -al hecho de que tu mundo ha cambiado- es imposible recuperarse de la amputación.

El apoyo que recibí de mi familia y amigos fue vital. Mi relación con mi esposa después del accidente se convirtió en un amor más profundo. Pude percibir que los pacientes que no recibían muchas visitas, que no estaban rodeados de tanto afecto y consuelo, no respondían a la terapia física con tanta rapidez.

Y ahí estaba mi cámara.

La misma herramienta que me había empujado a este desbarajuste, si se puede describir así, se convirtió en inspiración y parte de mi salvación. La llevaba siempre conmigo para fotografiar la recuperación de mis compañeros de hospital y documentar la mía. Me tomó mucha práctica poder mirar a través de la lente y mantener el equilibrio mientras caminaba, tal y como hacía antes de la amputación.
Con la prótesis, es vital permanecer alerta ante cualquier obstáculo, porque no tienes sensibilidad. Si das un paso equivocado es muy fácil caerse, y me caí muchas veces antes de controlar mis equilibrios. Correr es todavía mucho más difícil. Cuando tenía 15 años, participé en una maratón. Ahora corro tres millas una vez por semana y termino cansado. Mi objetivo es volver a correr y recobrar esa sensación de vigor que solía tener.

Los recién amputados de Boston descubrirán, como hice yo, que existe todo un mundo de prótesis para elegir. ¿Quién iba a saberlo si no necesita una? Hay pies hechos para correr, caminar, escalar, montar en bicicleta, nadar e incluso jugar al golf. Pero resulta que no existe una prótesis para todos los terrenos, por lo que al final se terminan acumulando varias.

Normalmente uso una versátil y resistente, pero también cargo con un par de repuesto en mi mochila: un pie adicional por si acaso y uno especial para correr. Incluso tengo una prótesis para patinar. Después de innumerables golpes contra árboles, automóviles y el mismo asfalto, es ahora uno de mis deportes favoritos.

De la misma manera en que antes prestaba atención a mis cámaras, ahora cuido de mis prótesis, asegurándome de que siempre estén en perfecto estado.

Al igual que los amputados de Boston, hace tres años y medio me incorporé a una comunidad a la que nadie desea pertenecer. He cambiado con el paso de los años, tal como lo harán ellos.

Para mejor o peor, ahora soy más vulnerable. Si pudiera dar un consejo, diría que es posible aceptar ayuda sin sentirse dependiente. Podría decirles lo que siempre me dije: “Emilio, te falta un pie, no seas tan duro contigo mismo y cuando alguien te ofrezca un asiento en el autobús, acéptalo”.

Les diría que la mayor verdad que he aprendido es que soy un hombre con una pierna amputada, no un amputado. Sigo siendo una persona.

He vuelto a trabajar como reportero gráfico de la AP. He tratado de mejorar como persona, compartiendo mis pequeños éxitos con todas las personas que me han ayudado en mis tiempos más difíciles. Estoy agradecido de vivir en una casa bonita en Barcelona con mi esposa, que está embarazada. Y estoy deseando ser padre por primera vez.

Sé que en Boston no pueden imaginar nada de todo esto ahora, pero quiero que sepan que aunque echo de menos mi pierna, me siento muy afortunado.

El temor y el dolor del fotógrafo que captó las más impactantes imágenes en Boston

Escrito por Lucia Calderón Portugal en Entrevistas
Clses de Periodismo

El día lunes 15 de abril, aproximadamente a las 3:00 de la tarde, dos explosiones de bomba se registraron en la línea de meta de la maratón de Boston. En tan solo unos segundos, Boylston Street, lugar en donde momentos antes los corredores habían abrazado a sus familiares y amigos, se convirtió en el escenario de una película de terror.

El fotógrafo del Boston Globe, John Tlumacki, fue testigo de la tragedia y logró captar con su lente las explosiones y el caos posterior, desde la meta, en donde se inició todo. Su testimonio refleja el dolor y la impotencia que un reportero gráfico puede sentir en medio de una cobertura.

“Yo estaba cubriendo la línea de meta al nivel del suelo en la maratón. Todo iba como de costumbre. La gente estaba feliz, aplaudiendo… Y entonces oímos la explosión”, declaró el fotógrafo a LightBox.

Luego de correr a través de una gran nube de humo y de observar a varios corredores en el suelo, su instinto le dijo que continuara registrando los hechos con su cámara. “La fuerza de la explosión arrojó mi cámara al aire. De pronto mi cabeza me dijo que no importaba lo que estuviera sucediendo, era un fotógrafo primero y eso es lo que tenía que hacer”.

Los explosivos mataron al menos a tres personas e hirieron a más de 140, muchas de ellas sufrieron lesiones de tipo metralla en las piernas y otras, mutilaciones en sus extremidades. Tlumacki fue testigo de esas imágenes: “Lo primero que vi fueron los brazos y piernas de las personas volando. Grandes cantidades de sangre. Habían agujeros en la parte posterior de algunas personas”.

TESTIMONIO EN IMÁGENES

Varias son las agencias de noticias que están circulando las fotografías capturadas por John Tlumacki, la mayoría son imágenes bastante fuertes y en ellas podemos observar los momentos mismos de la tragedia. LightBox le preguntó por una en particular que está causando revuelo en las redes sociales, en donde se observa a un corredor derribado junto a un grupo de policías.

 

El fotógrafo explicó la escena: “Esa imagen fue capturada instantes después de la segunda bomba. El anciano fue derribado por la explosión y cayó al suelo. Los policías están simplemente reaccionando como policías. Ellos no sabían lo que estaba pasando”.

Tlumacki capturó un sinfín de escenas desgarradoras y conmovedoras. El fotógrafo recuerda que cuando estaba en pleno registro fotográfico un oficial se acercó y le pidió algo indignado que por favor dejara de “explotar la situación”. Sin embargo, él continuó con la captura de imágenes: “Yo tenía que seguir haciendo lo que estaba haciendo”, dice.

Jhon Tlumacki, quien ha sido finalista de un premio Pulitzer y tiene más de 30 años de experiencia, ha quedado marcado con esta tragedia. Luego de ser testigo de las impactantes imágenes del día de ayer, ha dejado saber que no quiere seguir más: “Es inquietante ser periodista y tener que cubrir. Yo no quiero volver a tener que hacerlo de nuevo”.

El tiempo lo dirá.

Fuente: Lightbox

Entre anécdotas y enseñanzas el Papa sedujo al periodismo

Fuente: http://www.26noticias.com.ar

“Han trabajado mucho, ¿no?”, dijo el Papa, que en el transcurso del encuentro.
Acarició un perro y recibió un mate de regalo, para romper el hielo ante los periodista congregados en la moderna Sala Pablo VI del Vaticano.
El papa Francisco recibió este sábado en el Vaticano a periodistas de todo el mundo, a los cuales contó distendido, entre carcajadas y aplausos, anécdotas sobre el cónclave, reiteró la promesa de seguir el camino de San Francisco de Asís y felicitó por su trabajo.
“Han trabajado mucho, ¿no?”, dijo el Papa, que en el transcurso del encuentro acarició un perro y recibió un mate de regalo, para romper el hielo ante los periodista congregados en la moderna Sala Pablo VI del Vaticano.

Como un señal de los tiempos modernos una marea de móviles se elevó al ingreso del nuevo Papa, vestido con sotana blanca y unos simples zapatos negros, sin la solemnidad que reinaba hasta hace poco tiempo en esos contados encuentros con el tímido Benedicto XVI, ahora papa emérito.

“Es el Jorge Bergoglio de siempre, tranquilo, no impostado”, comentó a la AFP el periodista argentino Sergio Rubín -autor con Francesca Ambrogetti del libro de entrevistas El Jesuita-, al que el Papa abrazó con asombrosa familiaridad al término del encuentro.

“Me dijo envíale un gran saludo a ella y dile que recé por ella el día de su santo, el 9 de marzo”, comentó Rubín al evocar su breve diálogo con Francisco.

“Ha sido un examen clave para él y lo pasó con éxito”, sostiene Rubín abrumado por el pelotón de reporteros y cámaras de televisión que lo persiguen.

En menos de un cuarto de hora, el Papa resumió su programa de gobierno, reveló detalles del cónclave y suscitó carcajadas y aplausos.
El toque latino del papa Francisco resulta agradable ya que sabe combinar la sabiduría jesuita con el sentido del humor para explicar tanto asuntos espirituales como terrenales.
Entre sonrisas confesó que durante el escrutinio del cónclave comenzó a ver que “la cosa se estaba poniendo peligrosa” para él, ya que sumaba cada vez más votos. También contó como se le iba fijando en la mente el consejo de que no olvidara a los pobres en su pontificado que le había dado el cardenal brasileño Claudio Hummes, su amigo y vecino de lugar durante la elección.
“Esa palabra me entró aquí”, dijo señalando con el dedo la cabeza.

“Como quisiera una Iglesia pobre para los pobres”, comentó, improvisando de nuevo, mirando al público con sus gafas de hombre bonachón y generando un sonado aplauso.

El Papa divirtió a los periodistas cuando contó, como si fuera un simple párroco, que algunos de los cardenales le pidieron que se llamase Adriano, en honor de Adriano VI, conocido como el papa “reformista”.

También hizo reír cuando dijo que incluso le propusieron que adoptara el nombre de Clemente XV, para “vengarse” de Clemente XIV , “el pontífice que suprimió nada menos que la Compañía de Jesús”, al referirse a la orden a la que pertenece y que por primera en más de cuatro siglos de fundada accede al trono de Pedro.

Después de explicar la elección de su nombre y de agradecer a toda la prensa por su trabajo, habló también de la dificultad de informar sobre los eventos de la Iglesia “que no son una categoría mundana y por ello no son fáciles de comunicar a un público vasto y heterogéneo”.

Rompiendo de nuevo moldes, el Papa no quiso impartir con la mano la bendición a toda la prensa, consciente de que entre ellos hay muchos ateos y de de otras religiones, según explicó y saludó y abrazó a un centenar de periodistas seleccionados para la ocasión, entre ellos a varios argentinos .

Acarició el perro de un reportero radial italiano ciego, como un San Francisco de nuestros días, y recibió regalos, libros, fotos y hasta un mate.

“Pensé ¿qué le puedo llevar? miré en mi habitación y vi mi mate: es el mate me dije. Así que lo lavé y hoy se le entregué”, contó Virginia Bonard, compatriota y amiga que viajó desde Buenos Aires para seguir el evento.

“Es la bebida de la amistad, hacés una rueda de mate e inicia la charla”, explicó Bonard con la esperanza de que Francisco sea el primer líder de la Iglesia católica adicto al mate.
“¡Genial, increíble. Puede ser el inicio de una revolución pacífica”, comentó la colombiana Mary Villalobos que cubre el Vaticano desde varios años.

¿Quién está detrás de las imágenes que vemos en las noticias?

Por:Pablo Esparza
BBC Mundo

El sentido de la pregunta es literal: ¿quién está detrás de la cámara, quién elige el encuadre y aprieta el botón de grabar para que lo que sucede ante sus ojos pueda llegarnos a nosotros, espectadores?

A una pregunta retórica, una respuesta obvia: el camarógrafo.

Pero, ¿quién es el camarógrafo? ¿por qué, aunque su función es fundamental, su figura es invisible y, a menudo, anónima?

¿Goza del mismo reconocimiento que los periodistas o fotoperiodistas?

Una prueba sencilla: piensen nombres de periodistas o de fotógrafos. Y ahora, piensen en nombres de camarógrafos. ¿Alguna diferencia?

Les pongo un ejemplo del pasado.

Si buscamos los hitos periodísticos de la Guerra Civil española, quizá nos venga a la mente la fotografía de Robert Capa la Muerte de un miliciano.

Alguien podría mencionar el nombre de George Steer, reportero del diario The Times de Londres, cuyo telegrama desde Guernica alertó al mundo de la participación de la aviación alemana en el conflicto.

También podríamos recordar un puñado de películas: largas colas de exiliados cruzando la frontera francesa, ciudades en ruinas…

En este enlace de la British Paté (una agencia de imágenes que funcionó entre 1910 y 1970) pueden ver algunas de ellas.

Todos esos documentos periodísticos -textos, fotografías, películas- capturaron la historia.

Sin embargo, mientras el telegrama de Steer y las instantáneas de Capa tienen “padre”, las películas ahí mostradas son huérfanas de autor.

Difícilmente alguien que no sea un estudioso de la materia conocerá el nombre del camarógrafo que filmó las imágenes de Pathé cuando ni siquiera en la ficha técnica del archivo está presente.

Volvemos al presente. Hoy, casi 80 años después, la imagen en movimiento es, si cabe, más fundamental para el periodismo.

Pero, ¿qué tanto ha cambiado el reconocimiento de quien la filma?

El nombre y la cara del periodista siguen siendo conocidos y, como espectadores, estamos acostumbrados a que su firma aparezca en los videos que vemos: “Abraham Zamorano, BBC Mundo, Caracas”, “Arturo Wallace, BBC Mundo, Bogotá”…

En el caso de BBC Mundo, los corresponsales son autores tanto de las imágenes como del texto de sus videos. Pero esto no es lo habitual.

Los fotoperiodistas -aunque en menor medida- también suelen recibir crédito y cada vez es más común que sus fotos vayan acompañadas de firma.

En cambio, la figura del camarógrafo continúa “desaparecida”.

En BBC Mundo -en la medida de lo posible- intentamos reconocer el trabajo de los camarógrafos. Pero esta no es una tarea fácil ya que rara vez disponemos de su nombre.

A manera de pequeña reivindicación, les invito a que vean dos excepciones en las que la excelente labor detrás de la cámara puede ser reconocida con nombre y apellidos: los reportajes de Darren Conway y Fred Scott en Siria.

A través de los ojos de Conway y Scott vimos al periodista de la BBC en inglés Paul Wood narrándonos un bombardeo contra un hospital en Alepo y fuimos testigos de cómo el reportero Ian Pannell acompañó a los rebeldes en su lucha contra el ejército.

Quizá -dentro de 80 años- cuando alguien piense en el conflicto sirio, sabrá ponerle nombre a algunas de sus imágenes más impactantes.

El silencio forzado de los periodistas en México

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Relato de un Colega Fotógrafo

AquíLes comparto el relato de un buen amigo, sobre su trabajo periodistico en una historia que ocurre en Nicaragua, pero que tambien nuestro pais ha sufrido esa situación.

Dar click en este link
Nicaragua

Mujeres periodistas en México son víctimas de violencia sexual y psicológica, detalla informe

Las mujeres periodistas en México han recibido 115 agresiones en los últimos 10 años con un fuerte incremento desde 2009, según detalla un nuevo reporte de la asociación civil Comunicación e Información de la Mujer, A.C. (CIMAC). Entre los casos más graves, faltan por resolver 13 asesinatos de mujeres periodistas en este país, asegura la misma organización.

México está considerado el país más hostil para la prensa del continente americano, donde tanto hombres como mujeres periodistas son víctimas de amenazas, agresiones y asesinatos. Vea aquí este mapa sobre los ataques contra la prensa en México, sin embargo, la organización CIMAC asegura que existe una estigmatización de la violencia en contra de las mujeres, de acuerdo con el informe “Violencia contra mujeres periodistas en México”.

“Existe la creencia de que las mujeres mienten o provocan sus agresiones y hay una falta de credibilidad de que la violencia es producto de su trabajo informativo”, denuncia Lucía Lagunes, directora general de CIMAC en una entrevista con el Centro Knight para el Periodismo en las Américas.

Como ejemplo, las autoridades de Veracruz indicaron sospechs de un ‘crimen pasional’ en el asesinato de la periodista Regina Martínez, de la revista Proceso, porque su cadáver presentaba una mordida en el cuello.

El reporte de CIMAC identifica que los métodos de agresión contra mujeres periodistas incluyen violencia sexual y psicológica, a diferencia de los colegas masculinos. El descrédito social y el acoso son formas comunes de atentar contra la libre expresión de las mujeres, explica Lagunes.

Las autoridades a menudo cuestionan la vida personal y exponen asuntos privados de las mujeres periodistas para justificar las agresiones en su contra y re-victimizarlas, asegura el reporte de CIMAC.
En otro informe, la organización Artículo 19, calcula que casi 30 por ciento de las agresiones cometidas por funcionarios públicos van dirigidas en contra de mujeres periodistas. “Pero nosotras consideramos que existen más agresiones contra mujeres periodistas que quedan sin denuncia”, asegura Lagunes.

En julio, la periodista Sanjuana Martínez fue arrestada con lujo de violencia por una demanda civil por la custodia de sus hijos, pero la periodista denuncia que se trató de una venganza por publicar un caso de abuso de autoridad de una jueza en Monterrey. En 2011, la editora de una revista en la ciudad de Cancún denunció una campaña de insultos y desprestigio en su contra tras publicar sobre el desvío de recursos del ex gobernador estatal y el caso más conocido es el de la periodista Lydia Cacho, quien recibió insultos sexistas y amenazas de violación cuando fue detenida en forma ilegal en diciembre de 2005.

Lagunes opina que las autoridades deben incluir la perspectiva de género en los protocolos de protección a periodistas y aconseja que las comunicadoras tomen medidas de precaución como “hacerse acompañar de un colega para evitar el contacto a solas” en las entrevistas y mantener un archivo de llamadas a celular y correos electrónicos que representen ataques contra su persona, ya sean físicos o psicológiocos, de acuerdo con Lagunes.
Por Tania Lara

“La Única”

Su nombre lo dice todo, “La Única”, es una granja ubicada a unos 40 Kilómetros de San Salvador cerca de la costa, en este lugar se crían especies no tradicionales, Iguanas, Dragones de Madagascar , Tortugas y Boas, todos para exportación.
Un exitoso empresario, pero con sencillez y humildad me recibió en dicho lugar, saco una boa y se la colgó en su cuello y caminamos hacia uno de los espacios donde los animales crecen para que luego vuelen hacia diferentes países del mundo.

La crianza de Boas era el punto central de la historia que desarrolle, resulta que en todo el mundo son pocos los lugares donde han logrado reproducir estas especias, puesto que hay muchos factores que se deben tomar en cuenta para criar este peculiar animal, Don Félix encontró la formula y ahora las Boas que esta granja produce se exportan a Europa, como especies para seguridad, resulta que ahora se compran estas serpientes para cuidar vehículos y residencias que pasan una buena parte del tiempo solas, su costo alimenticio es bajo y en realidad creo que los amigos de lo ajeno lo pensarían mas de 2 veces ante tal guardián; “Fue difícil en los inicios” asegura Félix, quien ahora con uno de sus hijos al lado trabajan en esta granja que día con día exporta estas mascotas exóticas, La tarde que los visite empleados del lugar capturaban Iguanas verdes de uno de los corrales, aquí las Iguanas Jóvenes corrían de un lado a otro para no ser seleccionadas, 1000 Ejemplares era la cuota que debían ser enviados a Los Ángeles para tiendas de Mascotas, El hijo de Félix se encargaba de empaquetar 10 Iguanas en bolsas de viaje y luego estas eran protegidas con una caja, que lleva el nombre de la Granja y que el día siguiente por la noche estarían ya en California.

Félix muy orgulloso me comento como fueron sus inicios, obviamente no fue nada fácil sobre todo porque no son productos tradicionales, ahora día con día se abre camino en el mundo entero ofreciendo sus productos, esta idea que impulsa desde hace 25 años lo llevo a salir de la pobreza.
Sin duda es un ejemplo muy importante de emprendimiento y voluntad de salir adelante pero sobre todo de alcanzar sus metas sin importar cuan diferente sea.

Honduras: Normas de supervivencia en estado fallido

Alberto Arce, es un buen amigo que hace unos meses se instalo en Honduras ahora escribió acerca de como es el día a día en ese hermano país, un realidad muy parecida a la que vivimos en El Salvador; les dejo la nota escrito por Alberto:

TEGUCIGALPA, Honduras. AP. Cada sábado por la mañana, el conductor de uno de los taxistas con los que trabajo paga 12 dólares por estacionar su auto cerca de un hospital, a dos cuadras de una comisaría de policía.

Pero el que le cobra no es el gobierno.

Un hombre se acerca en una gran SUV, generalmente muestra una AK-47 y recibe un sobre con el dinero sin decir palabra. José y otros nueve conductores que pagan a los extorsionadores calculan que su punto de taxis les cuesta más de 500 dólares anuales. Además, cuando se acerca la Navidad, pagan 500 dólares más en concepto de “aguinaldo”.

Al mismo tiempo, la tasa anual que cobra la municipalidad por manejar un taxi es de 30 dólares.

“¿Quién cree que manda aquí?”, me pregunta José.

Es una pregunta interesante, a la que trato de responder desde que llegué aquí hace un año como corresponsal de la Associated Press. ¿Manda el gobierno? ¿Mandan los narcotraficantes? ¿Las pandillas? Esta extraña capital de 1.3 millones de habitantes es un territorio sin ley que ha desarrollado una serie de normas tácitas con las que sobrellevar el peligro diario.

José, que pide mantener su apellido en el anonimato por miedo a las posibles represalias, cree que en su caso los extorsionadores pertenecen a la M18, una pandilla fundada en las calles de Los Ángeles. Añade que los taxistas no se molestan en denunciar las amenazas porque sospechan que sospechan que hay policías involucrados. En los primeros seis meses de 2012, 51 taxistas fueron asesinados en las calles de Tegucigalpa: José y sus compañeros creen que los mataron por negarse a pagar las cuotas exigidas.

Cuando me instalé en Tegucigalpa el pasado mes de marzo, varios amigos en España quisieron saber por qué. Si Egipto, Libia o Siria ocupaban las portadas, ¿qué buscaba en el otro lado del mundo? “Dar testimonio”, dije, “del lugar más violento del mundo, de un país en crisis”.

Soy el único corresponsal extranjero aquí, sin casi ningún colega a quien consultar en cuestiones de seguridad ni con quienes buscar refugio. Mis instintos se forjaron en zonas de guerra, pero eso no basta en un estado fallido.

En las trincheras de Libia, uno generalmente sabe de dónde vienen los disparos. En Honduras, uno nunca sabe dónde acecha el peligro.

Tres semanas después de llegar, cubrí una ceremonia en la capital. El subsecretario de Estado norteamericano William Brownfield entregó 30 motos al presidente Porfirio Lobo para colaborar en la lucha contra el crimen. Un dirigente vecinal me había dicho que los narcos sobornaban a algunos agentes de policía para que hicieran la vista gorda. Pregunté a los funcionarios si no temían que las motos terminaran en manos de los delincuentes.

No hubo respuesta. Un periodista hondureño me pasó un brazo sobre los hombros y susurró: “Aquí no hacemos esa clase de preguntas”. Si quería conservar la vida, dijo, debía “mantener un perfil bajo”.

Casi una treintena de periodistas hondureños han sido asesinados en los últimos dos años. Algunos van armados para protegerse, otros se valen de los escoltas que el presidente Lobo nos ofreció en mayo, después del asesinato de un conocido periodista de radio, aparentemente en represalia por un ataque del gobierno a los carteles de la droga.

Aquí no es difícil convertirse en víctima. Hace unos meses entrevisté al abogado Antonio Trejo, defensor de los campesinos del Valle del Aguán en una disputa por la tierra con el terrateniente Miguel Facussé, uno de los hombres más poderosos del país. Trejo había advertido reiteradamente que lo matarían por ayudar a los campesinos. Dos días después de la entrevista, dos hombres en moto lo balearon cuando salía de una iglesia.

Un domingo de agosto, fui a pasear con un par de amigos por un parque medio abandonado, uno de los dos que hay en la ciudad. Sonó mi iPhone. Me aparté de mis amigos y me puse a hablar mientras caminaba, como si se tratara de un parque normal en una ciudad normal. De la nada aparecieron dos adolescentes, que me pidieron primero un cigarrillo y después el teléfono. Corté la comunicación, me guardé el teléfono en el bolsillo y llamé a mis amigos para que me ayudaran a espantar a los asaltantes: por supuesto, después de verificar que no estaban armados.

Pero aprendí la lección. No camines exhibiendo un iPhone, que cuesta el triple del salario mensual medio en Honduras. Y no camines por el parque.

Al igual que la mayoría de los hondureños que pueden pagarlo, mi familia y yo vivimos tras altos muros con portones vigilados por guardias. Después del incidente en el parque, abandoné mi ritual cotidiano de diarios y café en una mesa en la acera. No salgo por las noches.

Durante el día, empleo a conductores de confianza como José para recorrer las calles caóticas de Tegucigalpa, bordeadas de cercas de alambre de espino, plagadas de perros y montañas de basura que nadie recoge. Mantengo las ventanillas polarizadas cerradas, las puertas trabadas y no nos detenemos en los semáforos para evitar secuestros y asaltos.

Cambio constantemente los itinerarios. Trato de no sucumbir a la sensación permanente de peligro que embarga una capital donde las conversaciones giran invariablemente en torno al último pariente asesinado o la atrocidad más reciente en una esquina del barrio. Vigilo constantemente los espejos retrovisores del auto de José para ver si se acerca alguna moto. La tasa de homicidios del país es la más alta del mundo y los asesinos a sueldo generalmente viajan en moto para escapar rápidamente entre el intenso tráfico.

La violencia contrasta fuertemente con la sensación de cordialidad de una tierra donde muchos tienen una actitud caribeña frente a la vida, feliz y despreocupada. Fuera de las ciudades el paisaje es magnífico: natural, sano y salvaje, desde las cascadas del Parque Nacional La Tigra, a media hora de la capital, hasta las islas del Caribe con el segundo arrecife de coral más grande del mundo.

——— Nuestra niñera, Wendy, vende productos Avon puerta a puerta para completar sus ingresos desde que el padre de su hija se esfumase después de viajar clandestinamente a Estados Unidos en busca de trabajo.

El mes pasado, cuando iba al banco a depositar el dinero de los cosméticos, un hombre apoyó un puñal en su cintura y le ordenó que le entregara todo lo que tuviese. Se llevó 5.000 lempiras, unos 250 dólares, que era todo lo que había ganado y con lo que debía pagarle la mercadería a Avon.

La semana pasada, Wendy volvió a toparse con ladrones, esta vez al salir de mi casa alrededor de las 7.30 de la tarde. A media cuadra, tres pistoleros habían obligado a un grupo de jóvenes que jugaban al baloncesto a ponerse contra una pared para quitarles el dinero y los teléfonos. “Parecían policías”, dijo.

Dos días después, un vecino de su barrio de casas desvencijadas y calles de tierra fue asaltado por un drogadicto armado. El vecino escapó, fue a buscar su pistola, regresó y mató al adicto. “La policía le agradeció el favor”, me contó Wendy al día siguiente.

——— Mi mejor amigo aquí se llama Germán, un licenciado en arte que tatuaba junto con un socio. Gracias a su talento, se hicieron de una gran clientela, entre ellos, algunos jóvenes que quieren abandonar las pandillas y taparse los tatuajes. Germán aprendió a transformar el número 18 en un barco pirata y otros símbolos en distintos diseños. Lo consideraba una suerte de actividad social, al quitar el estigma de la piel de un pandillero que quiere regresar a la vida civil, y me pidió prestada una cámara para tomar fotos de su trabajo.

Días después, el socio de Germán iba hacia su casa cuando vio que se acercaba un auto negro. Trató de escapar pero le gritaron que se detuviera. “Sube y ponte esto”, le dijeron mientras le entregaban una capucha negra.

Lo llevaron a un cuarto a oscuras, le quitaron la capucha y le acusaron de espiarles. Lo torturaron durante varias horas y finalmente lo dejaron ir con una costilla rota.

Mi amigo cerró la tienda y se mudó de casa. Sabe que lo están buscando. Germán pertenece a una familia de clase media. En este país, la violencia es democrática.

——— Las autoridades hondureñas reciben ayuda de Washington para combatir el tráfico de cocaína dirigida al mercado estadounidense. El país tiene 640 kilómetros de costa sobre el Caribe con bosques densos y grandes sectores deshabitados, ideales para el traslado de drogas. En los extremos se encuentran Puerto Lempira en el este y San Pedro Sula en el oeste.

Mientras los hondureños culpan en gran medida a la policía por los altos niveles de criminalidad, ellos se defienden explicando que se ven superados en número y armas por los traficantes y pandilleros. El fotógrafo de AP Esteban Félix y yo decidimos comprobarlo y salimos a patrullar varias veces con la policía de San Pedro Sula, la ciudad más grande y más rica del país.

En una noche, vimos los cadáveres de dos conductores de autobús que se habían negado a pagar a las pandillas, el cadáver de un policía ejecutado en una carretera de un tiro a la cabeza y tres muertos en un salón de billar, en lo que se llama un “ajuste de cuentas”.

La sala de emergencias del hospital parecía el escenario de una guerra civil, donde los ordenanzas no daban abasto para secar los charcos de sangre en el piso.

El dueño de la compañía de autobuses ordenó a sus empleados que retiraran los cadáveres y la recaudación del autobús antes de que llegara la policía. Nuevamente, cometí el error de hacer una pregunta, esta vez al empresario. Se volvió hacia mí furioso y me ordenó que no publicara lo que había visto, al tiempo que me preguntaba “¿dónde te alojas?”

Está de más decir que no pasé la noche en San Pedro Sula.

Regresé a la capital, donde a pesar de la violencia tengo mi hogar. Mi hija de dos años sabe decir Tegucigalpa, lo cual no es fácil. Y cada vez que ve la bandera dice “Honduras”, como le enseñaron en el preescolar.

De alguna manera, nos sentimos parte de este país. Después de 10 meses, he aprendido las reglas de supervivencia. Si José paga la tarifa semanal a los extorsionadores, tiene probabilidades de sobrevivir.

Y yo, que generalmente me encuentro a su lado en el asiento, también.