Argo, un año diverso para el cine

 

Sobre la entrega del Oscar 2013

 

Argo

Argo

Hay años en que una sola película arrasa en noche de Oscares: las 11 estatuillas de Titanic en el 98, de El señor de los anillos, el retorno del rey en 2004 o de Ben Hur en el 60. Hay años en que los pesos pesados se consagran al ganar los premios más importantes: Scorsese en el 2007 con The Departed,  Eastwood en el 2005 con Million dollar baby o Anthony Minghella en el 97 con El paciente inglés. Y hay años en que películas pequeñas -por presupuesto- se cuelan a las listas de nominados en las categorías reinas e incluso desbancan a las grandes; este fue uno de esos años.

“Argo”, un filme de presupuesto modesto -para el promedio de la industria estadounidense-, dueño de un lenguaje inteligente y, a pesar de sus flagrantes cesiones al mainstream, de un saludable toque de sarcasmo, fue este año la mejor película, por encima de Lincoln, una superproducción firmada por el rey midas, Mr. Steven Spielberg, y montada sobre el presidente-ícono de la democracia estadounidense, Mr. Honest Abe. Entendámonos: “Argo” no es una película independiente, en el sentido redfordiano de la palabra, pero sí tiene ese dejo de irreverencia ante la fórmula narrativa tradicional, así como la firma de George Clooney, el dandy de ese cine del 2000 que tan bien combina el recurso clásico de Hollywood con historias y narrativas en las que el drama no es fácil y los personajes requieren de muchas pinceladas (Véase Syriana, como actor en 2005; The ides of March, como actor y director en 2011 o Up in the air, como actor en 2009); “Argo” es, como la definió el mismo Clooney, productor, en un encuentro con periodistas el domingo 24 de febrero, tras la premiación, una película para adultos inteligentes. Eso, en estos tiempos de sequía creativa, es mucho, es bastante.

“Argo”, digo, tiene el mérito de una dirección casi impecable que abre la pantalla a una de esas películas en las que, a pesar del glamour mismo de la historia, es el intercambio humano, de miserias y pequeños gestos heroicos, el que hace la historia. Y, al ser así, el principal recurso son, no puede ser de otra forma, los actores. En este caso ayudan mucho presencias reconfortantes por desafiantes como la de Alan Arkin, además de un abanico de secundarios que llevan con garbo múltiples escenas corales mientras mantienen, bajo la batuta de un director sútil -Ben Affleck dará para más-, un tono que se mueve entre el drama dosificado y el sarcasmo político bien logrado. Ahí, en la confección de ese tono narrativo, está, creo, el principal mérito de esta película: sin ese tono, sin la voz profunda de un director que sabe moverse entre ambos estados de ánimo, esta sería una cinta más de estadounidenses en peligro ante un mundo que no los quiere.

Tiene Affleck la gran ventaja de contar con ese cuento real de espías y cine para montar su película sobre el rescate de los rehenes norteamericanos en el Teherán de los ayatolas: la fantasía desesperada que supone usar una producción falsa de cine para una operación de rescate da para mucho. También tiene Affleck la desventaja de que esa industria de oropel de la que con tanto gusto se mofa en su película le obliga a deformar su película: la secuencia final bien pudo haber sido parte de cualquier pastiche de Bruce Willis. Pero, hey, los últimos cinco minutos de Rescatando al soldado Ryan son insufribles por patrioteros, lo que no quita que su secuencia inicial sea uno de los momentos más portentosos en la historia del cine.

Beasts of the southern wild

Beasts of the southern wild

Estos Oscares trajeron también a la lista de nominadas a mejor película una cinta sorprendente por su factura poética: “The beasts of the southern wild”, la historia de una niña, Hushpuppy, y su padre, quienes viven en una comunidad Bayou condenados a un estado de pobreza que los estadounidenses creerían reservado a documentales y noticias de lo que existe al sur de ellos. La pobreza, vista a través de los ojos de una niña de 6 años -la actriz que la interpreta y también estuvo nominada en el apartado de mejor actriz, Quvenzhané Wallis, tiene 9- que no conoce otra verdad más allá de su pequeño mundo plagado por los huracanes de la supervivencia. Ella entiende el mundo, y a sus bestias, como el desafío constante a no ser: “Todo el tiempo, en todos lados, los corazones de todas las cosas laten y se chorrean, y hablan entre ellos de formas que no entiendo. La mayor parte del tiempo probablemente dicen: tengo hambre, tengo que hacer pupú”, dice Hushpuppy en los minutos de calma que preceden a la llegada de un huracán a su pedazo de tierra, a La bañera, un islote descubierto en las costas golpeadas por Katrina, parachoque inicial del desastre mayor.

Toda la carga dramática de este historia, rica en metáforas y alusiones fantásticas que la narración justifica sin problemas en la imaginación de la niña, recaen en la pequeña actriz, sorprendente por desafiante, y en un director -Ben Zeitlin- sorprendente por como desarrolla instintos que parecen de veterano en su primer largometraje. La dupla, más una dirección artística efectiva y la ausencia de trampas emocionales, dotan a la película de una dureza honesta. No podía ser de otra forma si la historia pretendía trascender, y lo hace.

Abraham Lincoln, por Daniel Day Lewis

Abraham Lincoln, por Daniel Day Lewis

Incluso “Lincoln”, la producción más pomposa de la noche, no es Spielberg típico. Si en La lista de Schindler el uso del blanco y negro eran parte vital del lenguaje dramático, y en Ryan el meticuloso montaje, de imagen y audio, fueron fundamentales, en “Lincoln” la base de todo está ahí donde en principio debería estar, y lo está cada vez menos: en el actor protagonista. Daniel Day Lewis es, sin duda, uno de los intérpretes con mejores registros de su generación y aquí se emplea a fondo. Es cierto, ser Mr. Abe puede ser complicado porque siempre estará el límite de la historia y, en este caso, del mito histórico creado por Washington y el imaginario colectivo de Estados Unidos en uno de los momentos fundacionales -e irresueltos- de esta nación: la abolación de la esclavitud; Day Lewis cumple y, por primera vez en el pop culture masivo, logra crear una imagen alcanzable de la carita impresa en los billetes de cinco dólares.

Esas tres películas, disímiles en tamaño y pretensión, tiene una cosa en común que si se la piensa bien puede ser muy esperanzadora: hablan de una industria que trata de desperezarse después de años de aridez creativa.

 

Toma de posesión: el nuevo capítulo de Obama

Bajarse ayer, día de toma de posesión presidencial de Barack Obama, en Farragut North, la estación del metro de Washington que a diario usan los ejecutivos que trabajan en las oficinas de la aledaña calle K, era, casi, como bajarse cualquier día de semana en hora punta: la misma cantidad de gente. Pero había diferencias: afuera, al salir de la escalera mecánica que da a la esquina entre la calle 17 y la K, tres puestos con parafernalia de la segunda inauguración de Obama no daban abasto para atender a los caminantes que, a las 10 pasadas, se disponían a recorrer las 16 cuadras que separan esta estación del National Mall, el parque de cerca de 3 kilómetros de largo flanqueado al este por el Capitolio, al oeste por el monumento a Lincoln, al norte por la Casa Blanca y al sur por el monumento a Jefferson, ahí donde el demócrata juraría cumplir y hacer cumplir la Constitución.

Puesto de venta de parafernalia de la toma de posesión de Obama. Estación Farragut North, Washington.

Puesto de venta de parafernalia de la toma de posesión de Obama. Estación Farragut North, Washington.

Pancarta de apoyo en edificio de Washington

Pancarta de apoyo en edificio de Washington

El Washington que caminó hasta el Mall para ver a Obama jurar por segunda vez era, por lo que ví en las imágenes de TV hace cuatro años y lo que presencié ayer en las calles de la capital de Estados Unidos, a todas luces diferente. Era, el de este enero, un Washington menos eufórico, acaso por la sombra que dibuja sobre el segundo periodo del primer presidente afroamericano la aguda polarización que inunda el congreso desde los días del Tea Party, en 2010, y que no ha cambiado mucho después de las elecciones de noviembre del año pasado. Acaso era, también, que aquella sensación épica que invadió el Mall hace cuatro años queda hoy desdibujada por la paralización de una clase política que aún no descifra como resolver el conflicto entre su enorme déficit fiscal y lo que cuesta mantener los beneficios sociales y de salud para los Estados Unidos suburbiales y rurales menos favorecidos por el capitalismo, además de como pagar su costoso aparato militar, y a la que aún le cuesta enfrentarse a tabúes políticos como las leyes anti armas y la realidad migratoria, o, peor aún, a la diversidad sexual, racial, étnica y cultural de un país que ya no es solo la América blanca.

Para lo que toca a la agenda que más interesa en El Salvador, el análisis debe, por supuesto, centrarse en la posibilidad de que Obama ocupe buena parte de su capital político en pasar la reforma migratoria integral en el congreso. Por lo visto hasta ahora, y desde el triunfo en noviembre, parece que el partido republicano ha quedado tan golpeado por el desprecio del voto latino y de las minorías que la posibilidad de legalizar, de alguna manera, a los millones de indocumentados ha dejado de ser un imposible político en la cámara baja. Y parece, también, que Obama está dispuesto a ocupar sus atribuciones ejecutivas para lograr beneficios parciales, como la postergación de deportación de estudiantes o la modificación de requisitos para la regularización de familiares indocumentados de residentes legales. Pero parece, y de esto se habla poco aún, que las deportaciones en general no pararan.

Ayer, Barack Obama perfiló esos temas, y otros de su agenda, en su segundo discurso de toma de posesión. Los perfiló. Nada más. Luego, claro, los canales y periódicos se llenaron de análisis y pronósticos sobre qué viene primero: ¿la reforma migratoria? ¿leyes más duras contra las armas tras la masacre de Newtown, que dejó 20 preescolares muertos? o, de nuevo, lo más urgente: una nueva discusión de cara a marzo cuando venza el plazo para discutir, en el congreso, el límite de la deuda pública. Pero ayer, la toma de posesión era para otra cosa, era un día para el despliegue de la fanfarria, el glamour, la referencia a los símbolos grandilocuentes de la historia, y el dejo pop, que a esta democracia, sólida e intricada, le encanta desplegar para que el mundo vea. Ayer era el día para que el Washington más comprometido con Barack Obama, el de las minorías, caminara las calles que a diario caminan los ejecutivos para, cuatro años después, volver a saludar al presidente número 44.

Mapa repartido por voluntarios en las calles de Washington.

Mapa repartido por voluntarios en las calles de Washington.

Un grupo de voluntarios se dirige al desfile de la caravana presidencial.

Un grupo de voluntarios se dirige al desfile de la caravana presidencial.

Aunque menos eufórico, el apoyo a Obama fue evidente.

Aunque menos eufórico, el apoyo a Obama fue evidente.

Más cine. Bond, James Bond

 

Continuación de la serie de posts sobre las mejores películas que vi en 2012.

Skyfall. Sam Mendes.

Skyfall, póster oficial

Skyfall, póster oficial

Hace seis años, cuando Daniel Craig interpretó por primera vez a 007 en Casino Royale, escribí en un blog sobre cine que entonces tenía en La Prensa Gráfica: “Este Bond no es, aún, el refinado asesino que bebe martinis, seduce chicas y despacha a los malos sin arrugarse. El de Craig es un 007 recién ascendido, falible al amor –ajá, este se enamora perdidamente de la chica– y no solo al bikini; es el agente despiadado, el espía en bruto que todavía no controla el ego ni los impulsos”. Hoy, en su tercera aparición como doubleoseven, Craig nos entrega su versión acabada de James Bond: el suyo es, ya, el agente que recoge los pasos más elegantes que le imprimió Sean Connery en los 70s, pero también uno que añade su propia dosis de cinismo y de conciencia, algo que, entre otras cosas, le hace llorar las muertes de sus mujeres y encoger los hombros con desdén e incluso resignación graciosa cuando se sabe sobrepasado por las circunstancias o la inteligencia del enemigo. Skyfall, la última del agente británico, esta llena de ese tipo de momentos entrañables de debilidad, como ese en que este Bond, de regreso de exilio que él mismo se impone , debe volver a pasar por las pruebas que el MI6 reserva para todos sus agentes élite y las falla todas. O ese otro en que, con un gesto a medio camino entre la nobleza y el desapego, el espía se rinde ante M en un palacete decadente, perdido en la ruda campiña escosesa.

La riqueza más grande de esta entrega es Bond mismo, como en los viejos tiempos. Y por eso la mejor forma de ver Skyfall es desde el personaje protagonista, y no desde el villano -y eso que Javier Bardem se luce con un par de pases regios para dar fondo a un personaje que parece demasiado fácil en el guión- ni desde la chica Bond de turno -soberbio el porte de Berenice Marlohe- ni de las pistolas o las explosiones. Esto, si me preguntan, solo era posible antes con Connery, y tal vez en algún par de las cintas protagonizadas por Roger Moore.

Javier Bardem
Berenice Marlohe

Javier Bardem y Berenice Marlohe

Sam Mendes, el director de esta entrega, se ha probado ya como un virtuoso de la dirección de actores. En Revolutionary Road, la cinta intimista sobre el matrimonio y el aborto en los Estados Unidos suburbanos de los 50, el cineasta hizo maravillas con las escenas y diálogos entre los dos actores protagonistas, Kate Winslet (su esposa entonces) y Leonardo DiCaprio; renovadas dosis de esa magia llegan de su mano a Skyfall, por ejemplo cuando James Bond acude a la última e intensa cita con su chica más querida, M, interpretada por la siempre grande Judi Dench. Llámenme exagerado, pero creo que gran parte de la buena factura estética de este Bond se debe, en esencia, a la revisión que Mendes hace de sí mismo y de su filmografía anterior: aún sin la crudeza trágica de Revolutionary Road ni el delicado cinismo de American Beauty, hay en Skyfall retazos de ese estado de ánimo que camina entre lo explosivo, la tristeza y la belleza, y es acaso en la secuencia final, cuando 007 se enfrenta a su pasado menos glamoroso y a sus dudas, cuando debe yacer desnudo ante el espejo de su esencia asesina, donde mejor se refleja , visualmente, esa herencia poética del director.

Es este, sin duda, un Bond mucho más sofisticado que el de los 90, cuando todo se reducía a la parte más, digamos, desgastada y predecible de ese cine llamado de acción en que el empaque del efecto especial era el fin último del lenguaje. Skyfall no es, en el fondo, una película de acción aunque esté llena de explosiones y guiños grandilocuentes al género, como la destrucción del edificio del MI6 en Londres o el despliegue del reducto de escombros y alta tecnología en que se esconde el villano de Bardem; Skyfall es una película de personajes, o al menos una en que la evolución de los personajes y su entorno ocupan un lugar esencial en la narrativa. Esta línea estética ya había aparecido en Casino Royale, pero es plena en Skyfall gracias a Mendes.

Digamos que la buena vibra había empezado donde debía empezar en una buena película de Bond, en la secuencia inicial de créditos, acompañada esta vez del tema que la británica Adele, con su exquisita cadencia, regala a la franquicia del espía de su majestad.

 

Breves cromentarios de cine. Lo mejor que vi en 2012

The Hobbit

The Hobbit

Me aparto por un momento de los pasillos del Capitolio y de las vistas del Mall de Washington -lúgubres y frías en estos días de abismo fiscal y polarización política- para adentrarme en una cálida sala de cine (suele ser la del Multiplex del centro de Silver Spring, el suburbio de Washington donde vivo) y traerles, desde ahí, comentarios de una cuarteta de películas que vi en 2012, las cuales, por razones diferentes, me hicieron recordar lo mucho que me gusta el cine, y lo mucho que me gusta escribir sobre cine. Aclaro que, por cosas de la agenda, aún no veo Lincoln, el biopic dirigido por Steven Spielberg que según la crítica estadounidense puede ser favorita en la noche de Oscares: No hay que ser maya, ni genio: Spielberg sigue siendo el director preferido del status quo, y, en estos tiempos de reformas migratorias aplazadas, confusión del partido republicano -el de Lincoln- y de la exagerada comparación que la gran prensa estadounidense más liberal (entiéndase de izquierda) hace entre el 16o. presidente de los Estados Unidos y Barack Obama, el tema y la narrativa tienen, digamos, una actualidad interesante. Ese, el comentario de Lincoln, en próximos posts. Por ahora, en este, inicio la secuencia de mis cuatro de 2012 (las listo según las vi) con El Hobbit.

The Hobbit. Peter Jackson.

Si usted no es un tolkenista extremo, pero sobre todo si usted no es uno de esos que se cree poseedor del poder del único anillo por el mero hecho de haber leído a Tolkien, y si aún se divierte con el cine de gran formato hecho en Hollywood, esta es una buena película. No es, empiezo por ahí, El Señor de los anillos en ninguno de sus tres capítulos cinematográficos: La factura técnica de El retorno del rey, su solidez narrativa y su capacidad cinematográfica de impresionar la retina, eran de entrada muy difíciles de emular. El Hobbit es, digamos, un ejercicio más ligero, pero no por eso menos válido. O entretenido. Así es: este es cine estadounidense -hecho desde el sistema y para el consumo de este mercado sobre todo- de gran formato, con el 3D incluido, y con la ocurrencia de Peter Jackson de filmarla a una velocidad más alta de lo normal, y con todo el aparataje de un best-seller desde su concepción, pero, insisto, en ese marco, es una buena película. El Hobbit es una cinta llena de momentos sorprendentes, y de un par de pases extraordinarios que amalgaman bien las letras originales de Tolkien, la buena actuación y el efecto especial inteligente.

El asunto va así: Gandalf, 60 años antes de la gran cruzada del anillo que ya vimos, llega a la Comarca para ofrecer a Bilbo Bolsón (Baggins) una aventura que es, en realidad, un intento -lo sabremos un poco más adelante- por introducir un elemento de inocencia y bondad en un periplo que ya se antoja, para el instinto del mago gris, como el prólogo de algo más grande: el regreso del mal a la tierra media. ¡Alto!: vuelvo a lo dicho antes: Para los tolkenistas a ultranza puede haber aquí una trampa retórica, una pequeña estafa encaminada solo a hacer del Hobbit la secuela inicial del Señor de los Anillos, versión cine, versión Jackson; una trampa que no respeta el libro original de Tolkien.  No lo sé, para mí es solo una adaptación libre de 3 horas que se deja ver muy bien. (Sí, he leído a Tolkien, la trilogía y el Hobbit, y también me enamoré de Galadriel ahí y también lamenté que Tom Bombadil quedará fuera de las cintas de Jackson, pero no soy un purista, ni mucho menos un especialista,  y me gusta este tipo de cine).

La aventura en cuestión es acompañar a un grupo de enanos, comandados por el príncipe Thorin, a recuperar el oro, y el reino, que perdieron a manos de un dragón. En el camino, que es el del acompañante en realidad, el de Bilbo, Jackson nos mete en un rock and roll de secuencias de acción y aventura que, sin tener la pretensión épica de las batallas de Minas Tirith o el Abismo de Helm, se suceden unas a otras con impresionante efectividad. Y ese es quizá el gran secreto de Jackson en esta ocasión, su capacidad para inundarnos la retina sin piedad para que olvidemos, entre otras cosas, la sencillez de esta aventura: recuperar el oro de los enanos. También sirve la aventura, dije -e insisto: esto parece ser lo que más molesta a los puristas-, para que Jackson introduzca algunas claves narrativas sobre la gesta de Frodo y Aragorn, sobre todo en una escena bien facturada que se lleva a cabo en Rivendell, la capital élfica, en la que Galadriel, Gandalf, Saruman y Elrond, discuten sobre el futuro negro de la Tierra Media. En esa escena, Jackson, a punta de un guión suscinto, y amparado sobre todo en la sólida creación visual de este cuarteto arquetípico, sintetiza, no sin riesgo, los principios de la ética tolkeniana.

Y, en medio de todo, un par de escenas magistrales. Me quedo con esta: Gollum, que gracias a la tecnología se ve casi como el actor vivo que lo encarna (Andy Serkis), pierde su anillo, el precioso, a manos de Bilbo, quien atrapado en una caverna con la criatura le propone un juego de acertijos para lograr salir. Ese pase de acertijos y respuestas es, en la pantalla, una muestra genial del lenguaje cinematográfico contemporáneo: actuación, la de Martin Freeman (Bilbo) y la de Serkis y su proyección de efecto especial, que dan vida a un guión extraido en esta escena casi de forma literal del libro. Hay esto, y monstruos horribles en reinos subterráneos, un orco albino, águilas gigantes y tres trolles que bien pudiesen llamarse Lary, Curly y Moe. Más Jackson que Tolkien, sí.

Enlace recomendado

Kerry, un viejo conocedor de Centro América, posible SecState

Senador John Kerry

Senador John Kerry

La primera vez que el Senador Kerry se metió de cabeza en Centroamérica fue a finales de los 80, cuando encabezó la comisión especial que investigó el escándalo Irán-Contras. El trabajo de esa comisión y la prensa estadounidense terminaron exponiendo la trama de contratos y operaciones políticas que la CIA llevó a cabo en Centroamérica, en alianza con las Fuerzas Armadas de Honduras y El Salvador y con socios narcotraficantes en toda la región, para alimentar con armas y dinero a la guerrilla antisandinista. Aunque  el movimiento de izquierda de Estados Unidos criticó el informe del Senador y lo calificó de “suave”, la historia posterior se encargó de ubicar a Kerry como un defensor de las causas democráticas y los procesos de paz en la región en los 90.

En 1988, Kerry dirigió la fuerza de tarea del Subcomité sobre Terrorismo, Narcóticos y Operaciones Internacionales del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, el cual elaboró el informe titulado “Drogas, Aplicación de la Ley y Política Exterior: Narcotraficante y los Contras”. Ese reporte es quizá el primer estudio a profundidad sobre las conexiones entre el narcotráfico y el poder político en América Central (releerlo ahora, cuando el narco se ha apoderado de buena parte de la institucionalidad, sobre todo en el triángulo norte del istmo, es esclarecedor).

Durante su larga carrera en el Senado, y desde la presidencia del Comité de Relaciones Exteriores de la cámara alta, Kerry ha mantenido una relación activa con Centro América, y en específico con El Salvador.

Sus intervenciones públicas más recientes respecto a El Salvador han sido la firma de una carta, junto a otros tres senadores demócratas, en la que pedían a la Secretaria de Estado Hillary Clinton que apoyara el proceso judicial abierto en Madrid contra militares salvadoreños acusados de participar en el asesinato de 6 sacerdotes jesuitas. Kerry firmó esta carta cuando España, a través de una orden internacional de arresto expedida por Interpol en Francia, buscó el arresto de los militares en El Salvador el año  pasado.

 

Carta sobre el caso Jesuitas firmada por los senadores John Kerry, Barbara Boxer, Tom Harkin y Patrick Leahy

Carta sobre el caso Jesuitas firmada por los senadores John Kerry, Barbara Boxer, Tom Harkin y Patrick Leahy

El senador también fue uno de los que brindó apoyo público a la Embajadora Mari Carmen Aponte cuando su colega de Carolina del Sur, Jim DeMint, intentó bloquear por tercera vez la confirmación de la diplomática en 2011. En una audiencia en el Senado, ese año, Kerry dijo que Aponte había hecho un “trabajo sólido como embajadora en El Salvador”, que incluía “asegurar el apoyo al trabajo (de Estados Unidos) en Afganistán”, según USA Today.

La oficina de Kerry, a través de varios asistentes legislativos, también siguió muy de cerca el golpe de Estado en Honduras en 2009 y la posterior evolución política de ese país centroamericano tras la elección del presidente Porfirio Lobo. Su oficina, además, ha sido una de las más activas en la discusión con el Departamento de Estado de Clinton en torno a la Iniciativa de Seguridad para Centroamérica (CARSI, en inglés)

Hoy, luego que la Embajadora Susan Rice, representante de Estados Unidos ante Naciones Unidas, retirara su nombre de la lista de posibles sustitutos de Hillary Clinton, Kerry suena como el candidato a vencer para la nominación de Secretario de Estado de los Estados Unidos entre 2013 y 2017. Rice era la favorita de Obama, pero tras la férrea oposición mostrada por los republicanos a su nominación -incluso John McCain, un republicano que suele ser moderado en temas de política exterior, ha dicho que no la apoyará-, el nombre del Senador de Massachusetts suena como apuesta segura: su ratificación en el Senado es asunto de trámite.

El primer análisis posible indica que si Kerry llega a Foggy Bottom, como se conoce a la zona de Washington, DC, donde está el edificio del Departamento de Estado, su personal dedicado a América Latina, encabezado por la Embajadora Roberta Jacobson, y Centroamérica, liderado por Liliana Ayalde, permanecerá en el puesto; esto, en esencia, significa que las prioridades y los terrenos de acción política se mantendrán: el buró para el Hemisferio Occidental, de Jacobson, continuará confeccionando programas como el Asocio para el Crecimiento con El Salvador y CARSI, en colaboración con la Oficina Antinarcóticos del Departamento de Estado (INL, en inglés), y será INL la que seguirá lidiando con el problema de la mala relación con las autoridades hondureñas en temas antinarcotráfico. Honduras, si el descalabro del gobierno Lobo y los coqueteos de los golpistas continúan, podría ser el primer gran quebradero de cabeza para Kerry en Centroamérica, como lo fue para Clinton.

Pero hay otro análisis a tomar en cuenta, acaso más importante para Centroamérica, que tiene que ver con el escenario en el Senado si Kerry sale hacia State. Lo previsible es que Robert Menendez se haga cargo del Comité de Exteriores, lo cual volvería a poner a Cuba y a Miami como temas rectores en la política internacional de la Cámara Alta hacia la región. Menéndez también ha jugado de cerca con la realidad política salvadoreña; fue él, por ejemplo, uno de los más activos en Washington en torno a la crisis de poderes en julio-agosto pasado en El Salvador, y aunque su posición estuvo siempre más cerca de la derecha política, fue su staff el que movió teclas en el Senado para dar espacio y tiempo a una resolución del conflicto antes de que el lobby a favor de sanciones más fuertes para la administración Funes arreciara.

 

 

“La política exterior de EUA solo es importante en temas con fuerte contenido doméstico”

“Obama podría tener la oportunidad de cambiar la política hacia Cuba si gana, sobre todo si gana sin Florida, porque no deberá nada a nadie en ese tema.”

 “En el largo plazo la viabilidad de futuros candidatos republicanos a la presidencia pasa por el tema migratorio.”

 

“El narcotráfico no es un tema de política exterior”

 

Peter Hakim

Peter Hakim

Peter Hakim es el presidente emérito del Diálogo Interamericano de Washington, una de las voces sobre América Latina más respetadas en esta ciudad. Conversé con él sobre la elección presidencial, sobre la ausencia de América Latina en las narrativas de campaña de Barack Obama y de Mitt Romney y sobre algunos cambios que, a su juicio, podría promover el próximo inquilino de la Casa Blanca. Una de las principales conclusiones a las que llega Hakim, quien lleva más de tres décadas analizando las dinámicas políticas y económicas de nuestra región del mundo, es que en los Estados Unidos actuales los únicos temas con potencial de ser prioriatorios en la política exterior son aquellos que tocan teclas  políticas internas, como Cuba o la migración en el caso de la comunidad latina. Dos pensamientos de sus pensamientos: Si Obama gana sin ganar la Florida, Hakim cree que un cambio en la política hacia Cuba es posible; también prevé que si los republicanos pierden estados con poblaciones latinas importantes tendrán que reenfocar su mensaje migratorio de cara a la futura presidencial, sobre todo si Jeb Bush se postula. A continuación, extractos de la coversación.

 

Ni la política exterior ni América Latina fueron un tema en esta campaña. Ninguno de los dos candidatos dijo, en realidad, algo importante.

Cualquier tipo de sustancia en temas de política exterior ha estado ausente. Cuando Obama o Romney hablan de China, por ejemplo, no es de China que hablan en realidad, sino de como quieren ser percibidos en su relación con un país importante y poderoso. Cuando Romney dice que declarará que China es un manipulador de moneda el mismo día que llegue a la Casa Blanca, qué significa eso. En primer lugar, el 98 por ciento de la gente en este país no sabe qué es un manipulador de moneda, y nadie sabe que significa declarar que un país hace eso. Casi nadie tiene una visión sobre China, algunos quizá lo ven como un adversario, otros como un potencial socio comercial, pero lo cierto es que lo que Romney busca al hacer una declaración sobre China es decir que él será más agresivo que Obama, que tendrá más liderazgo, que no dejará que países como China o Rusia se salgan con la suya. Al final, sin embargo, no hay contenido en todo eso. El único tema sobre el que ha habido contenido, hasta donde yo entiendo, ha sido Israel; está claro que no habrá ninguna diferencia de política exterior hacia Israel porque hay un grupo de gente, los judío-americanos, pero también muchos evangélicos, que han dejado claro que este es un tema importante para ellos. En el caso de Irán, cuando los candidatos hablan de que no dejarán que desarrolle un arma nuclear, o cuando lo dicen de Paquistán, lo hacen para aparecer más agresivos en este tema; Obama, por tanto, intentó acercarse lo más que pudo a Romney al decir que las sanciones que su administración impuso a Irán son las más duras que se han impuesto en la historia, pero, otra vez, hay mucha gente que no sabe que es una sanción. Mi punto es que lo que se ha dicho sobre política exterior en esta campaña se ha dicho para hablar solo de la persona, del candidato, pero no dice nada sobre la esencia de una política en sí misma.

¿Es algo de esta campaña o es algo normal?

Creo que es más de esta campaña. Francamente no ha habido temas importantes de política exterior. Quiero decir, los candidatos están de acuerdo respecto a Israel, respecto a Irán, incluso en gran medida respecto a China. ¿Dónde está la diferencia? No existen diferencias, así que lo que Romney ha hecho, con mucha astucia y tras entender que no tendría el liderazgo en temas de política exterior porque Obama tiene ventaja al ser él quien maneja la política internacional a diario, ha sido acercarse a las posiciones del presidente tanto como ha podido para luego decir que puede hacerlo mejor que Obama, que puede ser un líder más fuerte, un mejor comandante en jefe. Ese ha sido el único mensaje. No ha habido mensajes sobre Rusia, sobre Europa… Nada de nada. No ha habido un debate sobre política exterior en realidad; por ejemplo, no escuchamos a Romney decir que tenemos que comerciar más con América Latina y no escuchamos a Obama rebatir esa idea.

Pero si revisa la plataforma de campaña de Romney encontrará referencias, aunque vagas, al libre comercio con América Latina, eso está en la página web y el candidato lo ha dicho un par de veces en la campaña. ¿Es posible que ahí haya una pista sobre una línea política exterior de una eventual presidencia Romney?

Si Romney le hubiera dado más contenido al tema, entonces me sentiría más inclinado a decirte que sí. También es cierto que el líder del equipo de transición de Romney en temas de política exterior es un ex presidente del Banco Mundial y ex representante comercial de los Estados Unidos, Bob Zoellick, quien pronunció un discurso en el 30º. aniversario del Diálogo Interamericano sobre el comercio entre Estados Unidos y América Latina, con cifras convincentes sobre la importancia de esta relación comercial. Creo que estas ideas aportarán alguna guía al nuevo subsecretario de comercio, al nuevo secretario asistente para América Latina si Romney gana. Yo me inclino a pensar que lo importante respecto a América Latina, o la política exterior en general, no son las posiciones que Romney u Obama han tomado durante la campaña, sino el grado de compromiso que adquieran con los temas una vez estén en la Casa Blanca…

No hay política sin intervención presidencial…

Nada pasara si no hay interés personal del presidente. Si Obama o Romney quieren impulsar el comercio, pues entonces pasará algo, pero tienen que dedicarle tiempo y energía a lo que decidan apoyar: nada pasará si lo dejan en las manos de algún subsecretario que no tendrá mucha guía ni estará realmente relacionado con el proceso de toma de decisiones. El ejemplo más claro de compromiso con América Latina, en mi opinión, es (George) Bush padre; primero fue su discurso sobre el tratado de libre comercio en Norte América (NAFTA) en México, al que siguió, poco después, el lanzamiento de la iniciativa empresarial de las Américas. Uno tenía la sensación, entonces, de que había una política con contenido, de la que Bush podía hablar con el presidente de El Salvador, el de Brasil o cualquiera. Por un momento hubo indicios de que Bush junior iba a dar seguimiento a esto, pero eso se desvaneció muy pronto.

Está hablando de un periodo en que América Latina resonaba más en el mundo: acabábamos de salir de nuestras guerras civiles, la Guerra Fría estaba terminando… ¿No fue más fácil para Bush padre y su política exterior hacia América Latina debido a las circunstancias geopolíticas de entonces?

Creo que sí. Creo que con el fin de la Guerra Fría esperábamos por algo nuevo. El hecho de que México se haya aproximado a los Estados Unidos sugiriendo el inicio de negociaciones de un tratado de libre comercio fue algo grande entonces y fue oportuno. Recuerda también que América Latina estaba saliendo de una crisis de deuda externa, lo cual era muy serio para los Estados Unidos, y en ese marco Bush padre presentó este plan de comercio continental. Había un enfoque. Además había un secretario de Estado asistente para América Latina que era muy bueno, Bernie Aronson, quien tenía una asignación directa, que era terminar las guerras en Centro América, y tenía un gran apoyo del Secretario de Estado de entonces, James Baker, quien también quería terminar esas guerras, y también había interés del consejo nacional de seguridad. Había, en general, un gran apoyo a este enfoque hacia América Latina; no había el enfoque militante y partidista que ahora existe…

Me detengo en eso. Parece que ese enfoque partidista y militante llegó a la campaña al final desde el lado de Mitt Romey al relacionar a Fidel Castro y Hugo Chávez con el presidente Obama en un anuncio. ¿Qué piensa de eso: América Latina no aparece  en toda la campaña y de repente, al final, vemos esto?

Sí, lo he pensado. La política exterior es importante solo en aquellos temas que tienen un fuerte contenido doméstico. Cuba, por ejemplo, por qué Cuba: Florida tiene 29 votos electorales; si con eso Romney puede lograr que un 5% extra salga a votar, si los puede convencer que es su amigo, que los entiende… Sin Florida Romney no tiene oportunidad en esta elección. Esto es lo que se llama la política del silbato para perros: Romney está haciendo sonar un silbato que solo oyen los cubano-americanos en este caso, no los judíos o los irlandeses, digo, a quién más le importa Cuba, o Hugo Chávez, solo a los cubanos de Miami.

¿Qué hay acerca de la llamada guerra contra las drogas, tampoco hemos oído una palabra? Supongo, en la línea de lo que me decía antes, que tiene que ver con que este no es un tema que importe mucho en Estados Unidos.

Pues no hemos oído ni una palabra al respecto.

Así es, nada, pero si mira los datos de tráfico y si escucha las conversaciones políticas entre América Latina y Washington el tema definitivamente está ahí; el tema es parte central del diálogo político con la región…

Si durante la campaña hubieses visto a un cartel mexicano que llega a El Paso, Texas, y pone una bomba, entonces sí… bueno, como Bengasi, por qué están hablando hoy de Bengasi… En el tema de las drogas, en los Estados Unidos ya no nos importa tanto: ya no hay muchos crímenes violentos asociados a las drogas, tenemos a la juventud menos afectada por esto, y el problema hoy está en las poblaciones que tenemos en las cárceles.  El tema no aparece en ningún debate, ni en el apartado doméstico ni en el de política internacional.

Pero el problema existe, ¿pasa entonces que el de las drogas y el del narcotráfico no son temas de campaña pero sí serán temas de política exterior para la próxima Casa Blanca?

No, estos no son temas de política exterior. Cuba es un tema porque es política doméstica. Quiero decir, por qué un Presidente, un comandante en jefe mantiene una política respecto a Cuba que ya tiene 50 años y que el resto de los países en el mundo y América Latina detestan y que no ha producido resultado alguno. El único propósito es que satisface a una clientela electoral en un estado que siempre está 50-50 (entre demócratas y republicanos). Si Florida fuese California o Texas, ya hubiese habido un cambio en la política hacia Cuba. Pero dejame añadir algo para no sonar muy cínico: creo que Obama podría tener la oportunidad de cambiar la política hacia Cuba si gana, sobre todo si gana sin Florida, porque no deberá nada a nadie en ese tema y podríamos ver un una flexibilización real de las restricciones hacia Cuba. Romney, como republicano, podría decir que empujaría un cambio para impulsar más democracia, pero no creo que lo haga, tiene limitaciones por Marco Rubio, y otros, que lo harán muy difícil.

¿La teoría del silbato aplica también al tema migratorio?

En el caso de la acción diferida de deportación y el Dream Act, la reacción de Romney fue muy moderada, igual que la del partido republicano. De repente, la primaria republicana había terminado y hay una política de este tipo que solo oyen los latinos, que viene de la campaña de Obama. No hay reacción del lado de Romney, porque no quiere perder el voto latino completamente y ahí empieza un cambio. Creo que esos dos, inmigración y Cuba, son los grandes temas que tienen un alto contenido doméstico. Migración, sí. ¿Alguna vez has oído a un político decir que hay que cambiar la política migratoria porque daña nuestras relaciones con otros países? ¿Que tenemos que dejar de deportar gente hacia Centro América porque allá esto provoca animadversión contra los Estados Unidos? No. No se discute la migración en estos términos. En este tema, Romney ha hecho demasiados compromisos como para intentar algo. ¿Obama? Habría que ver los números después de la elección. Pongamos un caso extremo: Obama gana Nevada, Arizona, Nuevo México, Florida y Virginia, todos estados con importantes poblaciones migrantes, y Carolina del Norte vuelve a los republicanos,  entonces creo que podemos ver un cambio en torno a la política migratoria en ambos partidos. Si los estados con poblaciones migrantes van para Romney, habrá pocas posibilidades de cambios. Pero lo cierto es que ambos partidos están conscientes de que en el largo plazo la viabilidad de futuros candidatos republicanos a la presidencia pasa por el tema migratorio, sobre todo si los demócratas obtendrán cerca del 70% del voto latino. Es probable que veas a Jeb Bush en Florida empujando un cambio en el tema migratorio del lado republicano, y él es probablemente el mejor candidato para ese partido la próxima vez, aunque eso está por verse. De cualquier manera creo que será más fácil para Obama procurar un cambio en este tema.

Vuelvo al tema del narcotráfico y la guerra contra las drogas. ¿No será prioridad?

No creo que las personas que en el Gobierno de los Estados Unidos se mueven alrededor de este tema crean en cosas como la legalización, más bien creo que quieren seguir abordando esto como siempre lo han hecho. Pero mira lo que estamos haciendo en Honduras, suena a lo que hicimos en Afganistán, a lo que hicimos en Bolivia y Perú hace 20 años. Además, en este tema no hay ganancia política, como la hay con el tema migratorio o el de Cuba. Pero es cierto que el tema del crimen violento en México y Centro América es una situación potencialmente explosiva para los Estados Unidos si empieza a verse que hay oficiales de alto rango involucrados con el narcotráfico o que un estado empieza a fallar.

Desde América Latina hay un consenso bastante amplio sobre la debilidad actual de Estados Unidos en la región y sobre su capacidad real para influir ya sea en la geopolítica o en políticas domésticas en la región. ¿Coincide?

Muchas cosas han pasado en América Latina, y quizá la más importante, desde el punto de vista de la política exterior de los Estados Unidos en la región, es el crecimiento de Brasil. Y esto no es una nueva teoría de Brasil, ya Fernando Henrique Cardoso había juntado a los países de Suramérica en temas comerciales. Lo que Estados Unidos, y fue una política de Zoellick, hizo fue hacer libre comercio con países que estaban dispuestos, lo llamaron liberalización competitiva, en contraposición con el bloque encabezado por Brasil que no quería. Estados Unidos negoció con Centro América, Colombia, Panamá y se separó del grupo Mercosur y del grupo Alba y empezamos a tener dos grupos, pero Estados Unidos quiso apoyar a un grupo en contraposición con el otro, algo que no dejó contentos a los brasileños, que tampoco estaban contentos por el Plan Colombia. Luego vino Lula, a quien no le gustó la idea del libre comercio desde el principio. Estados Unidos había perdido desde que los brasileños y los argentinos detuvieron la idea del tratado de libre comercio en las Américas. Y Brasil entendió que oponerse a los Estados Unidos era rentable, sobre todo en tiempos de Bush hijo. La geopolítica de las Américas no se asentará hasta que Estados Unidos y Brasil descubran qué tipo de relación quieren tener.

 

Obama-Romney, la recta final. (Lo que trae el otoño)

Otoño en los suburbios de Washington

Otoño en los suburbios de Washington

 

Con el otoño regresan a Washington dos conversaciones usuales, ligeras pero esenciales para la rutina de esta capital: el pronóstico sobre el invierno que se avecina y el estado de salud del equipo de fútbol americano local, los Redskins. Ambos tópicos marcarán durante los próximos meses, de una manera u otra, los ritmos anímicos de una ciudad que, en sus barrios y en su periferia, vive mucho más allá de la política que se cocina a diario en las riberas del río Potomac, entre Capitol Hill y la calle K, sede de las principales casas de cabildeo (lobby). Este otoño, sin embargo, sustraerse del espectáculo político es imposible a pesar incluso de la cotidianidad.

Este otoño hay elecciones presidenciales. Desde el inicio de la recta final, marcada según los entendidos por el resurgimiento de Mitt Romney, el contendiente republicano, tras el primer debate televisado el 3 de octubre, hasta el próximo 6 de noviembre, Washington y los Estados Unidos contendrán el aliento en espera del resultado final. Por ahora, a tres semanas del cierre de urnas -la ley federal contempla la votación adelantada-, las encuestas, en general, hablan de un empate técnico a nivel nacional, pero también de una ligera ventaja de Obama en estados como Wisconsin, Ohio y Virginia, cuyos votos electorales son fundamentales para ganar.

Los demócratas apuestan a que ya no hay muchos imponderables, más allá del último debate, que ocurrirá el lunes 22 de octubre en Boca Ratón, Florida, y cuyo tema central será la política exterior. Desde el campamento Romney la estrategia es, a todas luces, aprovechar el momentum que el primer debate generó para el ex gobernador de Massachusetts y usarlo para acentuar las debilidades de la administración actual.

Política exterior

Durante toda la campaña, las encuestas han dado ventaja a Obama cuando se pregunta por el dominio del tema internacional; en los últimos días, sin embargo, la muerte del embajador estadounidense y tres de sus compatriotas en el consulado en Benghazi, Libia, y el manejo inicial que la administración hizo del tema, han puesto a Obama en la picota. De cualquier manera, como casi todas, esta es una elección sobre temas económicos y política doméstica en la que la referencia a la política internacional suele limitarse a las guerras fallidas de la administración Bush, a la discusión sobre la estrategia política y financiera para sostener esas guerras en tiempos de crisis fiscal y, en el campo de la retórica pura, a algunas alusiones más bien descafeinadas a la América-que-domina-al-mundo, algo en la que yo pocos creen aquí. Latinoamérica, en este debate, no existe más allá de las vagas referencias que Romney ha hecho un par de veces a la región y a su propuesta de regresar a la política de tratados de libre comercio que marcó la era Bush.

Centroamérica será, durante las tres semanas que faltan para el 11-6, inexistente. Las razones básicas: 1. Ninguno de los programas de cooperación bilaterales o regionales permiten a la administración Obama presentar resultados contundentes: el Partnership for Growth con El Salvador es, aún, un plan, y la colaboración en seguridad ha encontrado un momento muy complicado en Honduras tras los letales operativos antinarcóticos realizados por fuerzas hondureñas con inteligencia de la DEA; 2. No hay, en la región, un referente político cómodo para ninguno de los candidatos y 3. (para todas las consideraciones electorales prácticas este es el más importante) Ni América Latina ni Centroamérica tienen el potencial de contribuir a una narrativa que genere caudal electoral.

El tema latino que sí seguirá en la palestra, como quedó demostrado en el segundo debate, es el migratorio: ese sí tiene el potencial de atraer o inhibir votantes en estados importantes.

Pero, como se ha repetido hasta el cansancio, en lo que resta de recta final, el esfuerzo primordial de ambos contendientes será cerrar las pequeñas brechas en los estados cuyos colegios electorales darán los votos necesarios para llegar a la cifra mágica de 270 y en los segmentos poblacionales que aún reflejan en las encuestas grados importantes de indecisión, los cuales son cada vez menos.

Y, de a poco, en el medio de la retórica electoral, sí creo que podrá verse con un poco más de claridad la gran discusión que subyace en esta elección: por qué modelo de estado y política pública en el área social apostará el próximo presidente de los Estados Unidos. Lo pongo así, para simplificarlo: una propuesta, la de Obama se entiende, en la que el mercado tiene más regulaciones, el gobierno es más grande y la política internacional menos bipolar, y otra, la de Romney, en la que la libertad de los mercados tiene menos restricciones, la dimensión social del estado es más reducida y la idea de un Washington más agresivo en el mundo renace.

 

El debate Obama-Romney

 

Artículos de prensa EUA relacionados al debate presidencial.

Artículos de prensa EUA relacionados al debate presidencial.

 

Mitt Romney y Barack Obama debaten mañana, 3 de octubre. El primero de los tres encuentros televisivos programados entre los dos candidatos a ocupar la Casa Blanca de enero 2013 a enero 2017.

En Washington, desde la semana pasada, las conversaciones en cualquier mesa política pasan, sí o sí, por el debate. También, por supuesto, la cobertura de los medios masivos y de la enorme blogósfera política de esta ciudad. Ayer mismo almorcé con un asesor de la campaña Romney en temas latinoamericanos en torno a algunas preguntas básicas. ¿Qué significa el debate? ¿Marcará diferencias? ¿Puede inclinar lo que resta de la campaña a favor de uno u otro? ¿Puede influir en las urnas el próximo 6 de noviembre?

Parto, primero, de ofrecer la fotografía política al día de hoy.

- Barack Obama llega al primer debate con una ventaja clara sobre Mitt Romney. Clara pero pequeña. Las encuestas más recientes del Washington Post y el Wall Street Journal, más pro-Obama el primero y más pro-republicano el segundo, concluyen lo siguiente:

  1. El actual inquilino de la Casa Blanca tiene una diferencia nacional de entre 3 y 6 puntos sobre el ex Gobernador de Massachusetts.
  2. Obama tiene una ventaja importante en estados clave como Ohio, Virginia y Florida, lo cual es significativo por ser estos estados de votación fluctuante -en ocasiones republicanos en ocasiones demócratas-, cuyos colegios electorales son los que a la postre marcarán la diferencia en la suma final.
  3. Romney mantiene el liderazgo en temas relacionados a la economía.
  4. La aprobación de Obama como Presidente, si bien ha mejorado un poco, no ha sobrepasado la línea del 50% (Bill Clinton llegó a su reelección con el 58% de aprobación; George W. Bush abajo del 50%. Ambos se reeligieron).

- En las últimas tres semanas, la campaña Romney ha estado a la defensiva, sobre todo por el vídeo filtrado por la revista Mother Jones en el que el candidato republicano dice a un grupo de donantes no esperar que el 47% de la población estadounidense que recibe algún tipo de subsidio estatal vote por él, porque es gente “que se siente víctima y cree que el estado les debe algo”. La campaña Obama ha aprovechado el gazapo; lo ha reproducido en anuncios televisivos como parte de su estrategia por introducir el factor de clase social en esta elección y evitar que la discusión se convierte en un referendum sobre su presidencia, golpeada por la crisis económica y el desempleo.

- Romney, más que Obama, llega al primer debate con la obligación de crear momentum. En términos futbolísticos, los debates parecen ser el partido de vuelta de una clasificación a visita recíproca; Obama, se entiende, ganó el de ida por la mínima, por lo que hoy le toca a Romney anotar lo más pronto posible.

Dicho esto, voy ahora a la importancia de los debates. Un asesor republicano me describía así el significado del encuentro: “No es importante en relación a la definición de políticas públicas (policies), porque los formatos son muy reducidos para eso; son importantes para reforzar la impresión personal que los votantes tienen sobre los candidatos, o para cambiar esa impresión. Romney debe ser lo suficientemente astuto para reforzar su posición frente a la base republicana conservadora, pero también mostrarse abierto y seguro para desafiar esa visión de dureza y lejanía que la prensa le ha creado. Sobre todo lo segundo, lo primero ya está más o menos ganado”.

Otra asesora, demócrata, me decía que la principal ventaja de Obama es que, si se mantiene fiel a su estilo de orador controlado y cercano al votante, solo tendrá que jugar una defensa inteligente: sortear los ataques sobre la economía y apelar, sin abusar, a su agenda social. “Si no comete errores graves, o exabruptos, Obama habrá ganado antes incluso del inicio de los debates”.

Y ayer mismo, poco más de 24 horas antes del debate, el asesor republicano en asuntos de Latinoamérica, me insistía: “El debate no cambia el destino de la elección, puede crear momentum, lo que la gente se lleva son rasgos de personalidad, nada más. Cuando el debate ocurre, la mayoría ya ha tomado la decisión de por quién votará”.

 

Día 4. Convención Demócrata. Bill Clinton

Una nueva galería de fotos de Jessy Mejía, delegada salvadoreña por Maryland en la Convención del Partido Demócrata. La noche del miércoles estuvo marcada por el discurso del ex Presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, quien se ha convertido en un gran activo de la campaña a la reelección de Barack Obama.

Bill Clinton en la tarima de Charlotte.

Bill Clinton en la tarima de Charlotte.

Las salvadoreñas Ana Cubas y Jessy Mejía en la Convención Demócrata.

Las salvadoreñas Ana Cubas y Jessy Mejía en la Convención Demócrata.

Jessica Sánchez, de American Idol en la convención.

Jessica Sánchez, de American Idol en la convención.

Migración, tema predominante en la plataforma Demócrata.

Migración, tema predominante en la plataforma Demócrata.

La noche de Julián y Michelle. Día 3. Convención Demócrata.

Jessy Mejía, la delegada salvadoreña del Partido Demócrata que postea en este blog, fue testigo ayer de la primera noche de la Convención de ese partido en Charlotte, Carolina del Norte. Las estrellas fueron Julián Castro, el alcalde latino de San Antonio, Texas, a quien algunos ya nombran como potencial vicepresidenciable en 2016, y la Primera Dama, Michelle Obama, una de las mujeres más populares en este país, y uno de los principales activos en la campaña de su marido. Aquí, algunas de las fotos que Jessy Mejía ha enviado (click en las fotos grandes para verlas completas):

Michelle Obama en Charlotte.

Michelle Obama en Charlotte.

Jessy Mejía en la Convención.

Jessy Mejía en la Convención.Panorámica de la Convención Demócrata en el auditorium Time Warner.

Jessy Mejía y Julián Castro.

Jessy Mejía y Julián Castro.

Julian Castro, alcalde latino de San Antonio, Texas.

Julian Castro, alcalde latino de San Antonio, Texas.

LISTA ACTUALIZADA DE ORADORES DE HOY (5 DE SEPTIEMBRE DE 2012):

5 p.m. to 6 p.m.

Luis Gutierrez, Illinois Representative
Diana DeGette, Colorado Representative
Thomas Menino, Boston Mayor
John Larson, Connecticut Representative

6 p.m. to 7 p.m.

Richard Trumka, AFL-CIO President
Steve Israel, New York Representative
Patty Murray, Washington Representative
Charles Schumer, New York Senator
Karen Bass, California Representative
Al Green, Texas Representative
Emanuel Cleaver, Missouri Representative
Dannel Malloy, Connecticut Governor

7 p.m. to 8 p.m.

Nancy Pelosi, House Minority Leader
Barbara Mikulski, Maryland Senator

8 p.m. to 9 p.m.

Barney Frank, Massachusetts Representative
Eric Shinseki, Secretary of Veterans Affairs
Michael Nutter, Philadelphia Mayor
John Hickenlooper, Colorado Governor
Jack Markell, Delaware Governor

9 p.m. to 10 p.m.

Kamala Harris, California Attorney General
Sandra Fluke, women’s rights activist
Chris Van Hollen, Maryland Representative

10 p.m. to 11 p.m.

Jim Sinegal, co-founder of Costco
Elizabeth Warren, Massachusetts Senate candidate
Antonio Villaraigosa, Los Angeles Mayor
Bill Clinton, former U.S. President