Carlos Mayora Ingeniero industrial, apasionado de la filosofía, educador. Doctor en Filosofía, Columnista desde hace más de diez años en El Diario de Hoy, donde suele tocar temas de educación, filosofía, política y actualidad. Con muchísimos años de experiencia de trato con jóvenes y adolescentes, padres de familia y profesores, tanto en educación formal como informal. Miembro de la Asociación Salvadoreña de Bioética y actualmente Coordinador del Departamento de Materias Humanisticas del Colegio Lamatepec.
De una u otra manera, todos hemos entrado en contacto con algún los niño hiperprotegido. Me refiero a aquellas criaturas cuyos padres mantienen en un ambiente casi de plantas de invernadero, aislándoles más que protegiéndolos.
Motivados por un mal entendido amor hacia sus hijos, se empeñan en evitarles cualquier tipo de riesgo o cualquier actividad que suponga un cierto esfuerzo.
Caricaturizando un poco pueden ser descritos como niños que tienen prácticamente prohibido salir solos a la calle, cuya vida después del colegio se encuentra perfectamente organizada con clases diversas, a qujien le compran todo lo que le apetece, come lo que quiere (no lo que debe) y hace lo que le viene en gana.
Entonces no es de extrañar que niños así sean encantadores y obedientes hasta que la vida se les pone cuesta arriba, cuando con la crisis de la preadolescencia y la mayor exigencia escolar, se ven a sí mismos como incapaces de alcanzar resultados satisfactorios por el esfuerzo que conlleva su logro. Para caracterizarles brevemente puede decirse que son niños y niñas incapaces de llevar a término una actividad que no dé satisfacciones a corto plazo, tareas que supongan posponer la gratificación al esfuerzo invertido.
Lo más paradójico de todo esto, es que los niños hiperprotegidos presentan un cuadro muy similar a aquellos cuyos padres han abandonado su educación: tienen una baja autoestima; se mueven por impulsos más que por convencimiento; toleran mal la frustración y buscan satisfacciones inmediatas; les falta realismo, pues se plantean objetivos sin sopesar el esfuerzo que conlleva; no saben enfrentarse a los problemas, los rehuyen; no han aprendido a cargar con las consecuencias de los propios actos; están acostumbrados a las soluciones fáciles… En resumen, son muy inmaduros para su edad. Y lo más peligroso de todo, es que tienen gran facilidad para dejarse llevar por malas amistades, o por el ambiente que les rodea, y caer en adicciones nocivas o comportamientos incorrectos.
Por supuesto que, como siempre, el mejor remedio es la prevención, sabiendo que si los padres desean ahorrarse esfuerzos en las etapas iniciales de la educación de un niño, luego, más adelante, deberán pagar la factura de su falta de exigencia consigo mismos.
La mejor manera de educar la voluntad es enseñar a los hijos a administrar la libertad; a ser responsables de sus actos, a luchar por lograr bienes difíciles, a dejarles -si no peligra seriamente su salud física o moral- que fracasen alguna vez; a que aprendan a respetar las reglas y reconozcan la autoridad (¡cuánto mal hace un padre de familia que se salta un semáforo en rojo cuando va en el carro con su hijo, porque sencillamente “no hay policía”!); a que resuelvan ellos solos sus pequeños problemas; a que ayuden en la casa y no se conviertan en pequeños tiranos a quienes hay que hacerles todos los servicios que se les antojen… En fin, a que vayan madurando de acuerdo a su edad cronológica y puedan poco a poco ser más y más libres.
Muchas veces la tendencia de los padres, cuando se encuentran con un hijo preadolescente o adolescente con crisis de pereza, suele ser violenta (”no gritéis y no seréis ensordecidos”, rezaba un manualito de educación que leía hace poco), o desesperada (dejarle hacer lo que quiera, al cabo es su vida). Se haga lo que se haga, en dichos casos la reacción debe ser ir a la raíz, examinar comportamientos propios (de los padres) que puedan estar influyendo negativamente en el hijo, hablar, hablar y hablar con él… y no limitarse solamente a una política de disminución de daños: que los padres ejerzan la autoridad.
La experiencia muestra que cuando se presenta una situación como la descrita, quien primero tiene que cambiar son los padres de familia. El joven necesita en esa situación satisfacer las necesidades básicas: ser “alguien” y saber cuál es el papel que le corresponde en la vida (hasta ahora ha sido hijo de papá, y eso no es suficiente); sentirse querido, recibir afecto (y no sólo cosas materiales), y tener éxito personal (hacer, por sí mismo, algo que valga la pena). Los padres tendrán que dejar de ser ingenuos (”mi hijo es incapaz de contagiarse de cosas malas por los amigos”); ciegos (no ven a tiempo o no quieren ver que su hijo está adquiriendo malas costumbres); desertores (no ejercen como padres, son proveedores materiales) o permisivos (”que tengan todo lo que yo no tuve”).
Pues si se capitula ante un hijo con problemas en aras de mantener la paz en la familia, más adelante, sin lugar a dudas, surgirán problemas mucho más serios. Se está jugando el futuro de su hijo pues, ¿dónde podrá trabajar una persona con pobre preparación académica, falta de fortaleza para enfrentar problemas y solucionarlos, con motivaciones exclusivamente pecuniarias para trabajar, en resumen, alguien a quien no se le pueden confiar responsabilidades?
Y es que en esto, como en todo, más vale tarde que nunca, pero también es mucho mejor prevenir que lamentar.
“¿Qué diríamos de alguien que ha sido rescatado de una situación desesperada, a quien se le ha devuelto la vida, y que recibe multitud de favores, que a la postre se debatiera en la duda de atribuir todo eso a una casualidad o al secreto regalo de una persona llena de amor? Y si ese hombre dijera ´esa cuestión no me interesa; lo que tengo ya lo tengo; y si detrás de ese don hubiera amor, ahora ya me es indiferente, pues en cualquier caso no se lo voy a agradecer´”… La verdad, un hombre, una mujer de respeto, cuando se da cuenta de todo lo que debe, no puede sino solo agradecer.
Cuando leí este párrafo escrito por Robert Spaemann, un pensador alemán contemporáneo, me quedé más que pensativo, sobre todo teniendo en cuenta el reciente “suceso de las abejas”, como he dado en llamar a mi última experiencia extrema… Que quise compartir con los lectores en la entrada de este blog que fue publicada la semana pasada.
Resulta que, a poco que uno vea a su alrededor con ojos honestos, sin necesidad de haber llegado a situaciones límite, no le queda más que dar gracias, o al menos, no reprimir el deseo de darlas.
Si alguien no encontrara a quién dirigir su agradecimiento, al menos haría todo lo posible para encontrar quién lo merece. Pues por mucho que hayamos luchado, trabajado y hecho sacrificios, cuando uno se pone a hacer cuentas, se termina por convencerse de que si bien se ha puesto todo el empeño y la buena voluntad para alcanzar sus logros, solo no hubiera sido capaz ni de tener, ni de ser, lo que tiene y lo que es.
El agradecimiento tiene sus niveles. Desde la esposa o el marido que -puede alguien pensar-, tienen el mérito de habernos rescatado de nosotros mismos, hasta llegar a Dios (para quienes tienen el inestimable don de la fe). No importa. Lo que queda claro es que quien piense que todo se lo debe a sí, o está henchido de soberbia o es tan tonto que no se da cuenta de lo que tiene a su alrededor.
El que no tiene sentido de agradecimiento vive en la mentira. Su mentira, la que él mismo se ha fabricado.
Si no se es consciente de que necesariamente debemos agradecer, entonces, al haber dado la espalda a la verdad, todo se convierte en un juego de mentiras, hasta que se vuelve imprescindible escoger con qué mentiras se puede vivir mejor. Pero eso no troca en verdad lo que no lo es.
Por eso, es necesario agradecer. Y para ello, es menester darnos cuenta de que agradecer es el modo de ser personas. Si no. Se vive fuera de la realidad, que es -por definición-, el estado de los locos o el de los soberbios.
Bajábamos la montaña después de haber coronado cumbre. Éramos cuatro. La ausencia total de sombras nos decía que era el medio día. Bromeábamos contentos pues ninguno de nosotros había subido antes ese monte, y la vista del golfo de Fonseca que había quedado prendida en la retina y en el corazón había sido imponente.
Dejábamos a la espalda los zacatales y nos íbamos a internar en un bosquecillo tupido. De repente se me echaron encima con un zumbido sordo, constante, como si fuera un trueno a mínima escala. Jamás imaginé lo que vendría después.
Rodé por la ladera cubierto de abejas. Se me prendían a la espalda, me cubrieron completamente la cabeza, los brazos, las piernas. No me importaban los golpes con las rocas, los pinchazos de las espinas, la incertidumbre. Dejé de sentir dolor, dejé de pensar, dejé de hacer otra cosa que no fuera alejarme de allí. Juan Bautista se me acercó y entre los dos comenzamos a matar las abejas que me cubrían completamente la cabeza. Hasta que la debilidad provocada por el veneno inoculado fue tal, que caí por tierra, boca arriba, incapaz de mover brazos o piernas.
Entonces sentí que moría. No vi ningún túnel, ni ninguna luz ni ningún fenómeno extrasensorial. Sólo sabía que iba a morir pues el número de piquetes era tal que la ponzoña haría que colapsaran mis riñones, que mi tensión arterial se derrumbara. Lo sabía, estaba seguro. Recé. Recé con la confianza de quien iba a ver a Dios. No pedía vivir, pedía solamente que se fueran las abejas.
Entonces me invadió una gran paz. Una serenidad indescriptible. Y esperé.
Juan Bautista, a mi lado, tampoco podía moverse. Compartimos la única botellita de agua que nos quedaba. Esperamos. Yo rezaba y esperaba. No sabía qué, sólo era consciente de que me había puesto en las manos de Dios y Él es mi padre, sabría lo que hacer.
Al cabo de un rato pude ponerme de pie, y empezaron las “casualidades”: pude caminar, y Juan Bautista no. Encontré el modo de bajar la montaña, siguiendo un curso de agua que estaba seco. Me adentré por esa trocha con el propósito de encontrar ayuda para mi compañero. Me moría de sed. El olor de las abejas muertas sobre mi cuerpo me provocaba nausea y desazón. El zumbido de las que seguían conmigo era como un rumor lejano que nada tenía que ver conmigo. Estaba afónico por la inflamación de la laringe, y no había un solo centímetro cuadrado de piel que no me ardiera como si me hubieran apagado en él un ascua.
Entonces, tuve la seguridad de que todo iría bien: en medio de la montaña, en un lugar donde nadie camina, entre las rocas secas del río seco, me di de bruces con una botella de Gatorade llena, sellada, nueva. No podía regresar, físicamente, para compartirla. Me la bebí sabiendo que era parte de mi salvación.
Al poco rato oí voces de los que nos buscaban. Me encontraron. El único de mis compañeros que no fue atacado, y que tuvo la sangre fría de huir y dejarnos “abandonados”, fue el que debía: un médico que sabía exactamente qué hacer para salvarnos la vida. Me derrumbé cuando los vi. Me dieron medicamentos, glucosa, agua, y sobre todo: ánimos. Subieron por Juan Bautista y después de un rato bajaron cargándolo por el mismo camino que yo había seguido.
Cómo recorrió el médico tan rápido los ocho kilómetros que mediaban desde el lugar del accidente hasta la casa de playa que era nuestra base de campamento; por qué había allí un botiquín con todo lo que se necesitaba para tratar un ataque masivo de abejas (no sólo a una persona sino a tres); por qué ninguno de los atacados tuvimos una reacción alérgica mortal; cómo nos hemos ido recuperando, sin secuelas renales, ni hepáticas, ni cardíacas… Y un largo etcétera, son parte de los favores, que debemos.
Tengo mucho que agradecer a la intercesión de San Josemaría y a mi Ángel de la Guarda, en cuyas manos puse todo lo que debía pasar para salir adelante durante y después del trance. Trabajaron en equipo. La hicieron.
He recibido muchas muestras de apoyo, de solidaridad, de aliento. Estoy bien. Sólo pido a quienes me lean que me ayuden a dar gracias a Dios. Se ve que me ha dado un tiempo más para seguir haciendo lo que se pueda en esta tierra.